La cumbre de la Libia Árabe en Libia mostró que muchos jefes de Estado árabes están decepcionados de Occidente. Por eso intentan ahora forjar nuevas alianzas en su región: cortejan a Turquía, buscan diálogo con Irán y quieren intensificar sus relaciones con determinados Estados del sur de Europa.
Washington y Bruselas ya no están en el punto de mira, como mostró la cumbre de la Liga Árabe celebrada este fin de semana en la ciudad de Sirte. Los monarcas y presidentes árabes responsabilizan a Occidente sobre todo de la estancada situación en el contencioso nuclear con Irán. Sin embargo, ovacionaron al primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan cuando tomó el puesto de orador en el encuentro en Sirte. Erdogan ofreció una lucha conjunta contra la paulatina expulsión de los palestinos de Jerusalén Este.
El gobernante islámico moderado, a quien la oposición en casa acusa de ser ideológicamente demasiado oriental y demasiado poco europeo, encontró ante los Estados árabes el tono exacto. “Erdogan fue el orador más convincente de esta cumbre”, contaba después un periodista de la televisión árabe Al Yazira.
Cuando los primeros jefes de Estado ya se habían marchado, el resto de los participantes de la cumbre deliberaba a puerta cerrada sobre un plan del secretario general de la Liga, Amre Mussa. El egipcio les cantó debidamente las 40 en su discurso de apertura y pidió que quien acusa a la Liga de inactividad, no debe más quejarse ante él, sino ante los jefes de Estado a quienes falta voluntad política.
Quizá también por eso aprobaron su propuesta de fundar una asociación de Estados vecinos del mundo árabe con la que la Liga quiere coordinar su política en el futuro. Turquía y Chad fueron elegidos como miembros fundadores de esa nueva alianza, a la que después se añadirían numerosos Estados africanos y siete sur-europeos.
El hecho de que también Irán esté en la lista de potenciales miembros tiene mucho que ver con la ausencia por motivos de salud del presidente egipcio Hosny Mubarak, que muestra una gran desconfianza hacia Teherán. Pese a todo, la decisión es significativa y los diplomáticos la justificaron alegando que los Estados árabes “ya no quieren dejarse sujetar por intereses occidentales, sino concentrarse en los suyos propios” en el contencioso en torno al programa nuclear iraní. Pues las armas atómicas de Israel son, opinan la mayoría de los Estados árabes, una amenaza mayor que las armas nucleares que un día podría poseer Irán.