CRÍMENES DE ODIO

Armas de fuego: realidad que perturba: Daniela Arias V.

En la madrugada del domingo 12 de junio de 2016, Omar Mateen, un joven estadounidense de padres afganos, entró a la discoteca Pulse, en Orlando, Florida, y comenzó a disparar hasta acabar con la vida de 49 personas y dejar otras 53 gravemente heridas.

No importa qué raza seamos, a qué religión pertenezcamos o qué condición sexual tengamos, esta masacre ha tocado el corazón de cada uno de nosotros y nos ha hecho reflexionar sobre la pérdida de humanidad y falta de tolerancia que estamos viviendo dentro de la sociedad.

Sin embargo, para muchos, esto ha sido un punto clave para estigmatizar a ciudadanos de la religión islámica y culparlos por los múltiples problemas sociales que se padecen actualmente. En menos de una semana se han promovido campañas migratorias radicales y de aislamiento social en contra de este grupo de personas. Me asusta el hecho de que estas campañas existan, pero más me aterra la cantidad de seguidores que tienen.

Hoy, la sociedad prefiere la xenofobia a ser realista. La masacre de Orlando no es un hecho aislado y, claramente, sí tiene precedentes. El 21 de marzo de 2005 Jeff Weise, un joven estadounidense, asesinó con un arma de fuego a 9 personas en su escuela, incluyendo a sus padres. El 20 de abril de 1999 Erick Harris y Dylan Klebold, ciudadanos de Estados Unidos, entraron a su escuela y mataron a tiros a 11 personas y dejaron a 23 seriamente heridas. El 14 de diciembre de 2012, Adam Lanza, otro estadounidense, asesinó con arma de fuego a 27 personas, incluyendo a 20 niños y niñas, entre los 6 y 7 años. Desde 2010 se han reportado 111 ataques con armas de fuego en escuelas de Estados Unidos.

Si analizamos, esto no tiene que ver con un grupo específico de personas, tiene que ver con que Estados Unidos necesita leyes de control de armas de fuego más severas y contundentes con relación a la producción, distribución y adquisición de estas mismas. Leyes que protejan a los ciudadanos del uso irresponsable del armamento, y los daños irreparables que estas pueden causar a personas inocentes.

Necesitamos acabar, definitivamente, con la cultura proarmas, que ha llevado a Estados Unidos a ser uno de los países más violentos del mundo, tanto a lo interno como en el extranjero. En Estados Unidos hay 88.8 armas de fuego por cada 100 habitantes. Anualmente se venden 4 millones 500 mil armas de fuego, de primera mano, y 2 millones, de segunda. El porcentaje de hogares estadounidenses, con una o varias armas de fuego, asciende a 33%. Está comprobado que hay una relación directa entre estados con mayor porcentaje de personas portadoras de armas y el porcentaje de muertes relacionadas con este material bélico. Entre más armas de fuego adquiere la gente, más altas son las posibilidades de que ocurra una tragedia, como la de Orlando. Niños han usado armas de fuego de sus padres para disparar a sus compañeros, maridos han acabado con la vida de sus esposas, hijos que han asesinado a sus padres, y después se han suicidado. Está claro, que la proliferación de armas de fuego dentro de una sociedad solo crea más violencia.

Además, el país debe crear campañas de concienciación que promuevan la tolerancia y respeto entre las diferentes culturas y religiones del país. Es inaceptable que un país creado mayormente por extranjeros, en busca de oportunidades, apoye campañas políticas tan discriminatorias y xenófobas como las del candidato republicano Donald Trump. Estados Unidos necesita políticas conciliadoras que permitan la integración social de todo tipo de personas, sin importar su raza, religión, sexo y condición sexual, porque al fin y al cabo todos somos humanos, todos somos iguales.

Finalmente, las políticas migratorias no pueden ser radicales y deben ser incorporadas de manera objetiva, sin estigmatizar a un grupo de personas, pues si Mossack Fonseca no representa a los panameños, Omar Marteen no representa a la comunidad islámica.


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