Es difícil superarse a sí mismo y en ocasiones lo mejor es quedarte en el territorio que conoces, por muy mal que te salgan los proyectos.
Esas dos máximas le van de perlas al director y guionista M. Night Shyamalan, quien firma la que de seguro es su peor película en su ya deteriorada carrera: El último maestro del aire (The Last Airbender).
Su punto más alto de creatividad fue la excepcional El Sexto Sentido (1999) y se lo han dicho con tanta frecuencia, que este año, mientras promocionaba The Last Airbender, perdió los estribos y dijo que aquella historia de un niño que veía gente muerte era un capítulo superado. Pobre imbécil.
Ahora entró en el santuario del género fantástico al adaptar con torpeza y simpleza la serie Avatar: The Last Airbender y aquello es un desastre de proporciones bíblicas, pues Shyamalan en esas aguas es tan ágil como Mr. Maggoo cuando conducía su automóvil.
Shyamalan no le llega ni al dedo chiquito del pie izquierdo de verdaderos maestros del fantástico cinematográfico como Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro), Peter Jackson (la trilogía de El Señor de los Anillos), Tim Burton (Big Fish y Eduardo Manodetijeras) y Andy y Larry Wachowski (la primera parte de Matrix), entre otros.
No hay nada salvable en El último maestro del aire, salvo que todavía creas en Santa Claus y en su tierno reno de nariz brillante.
Las actuaciones son típicas de amateurs, los efectos especiales parecen sacados de una pésima cinta de Serie B, su guión de seguro lo encontró en un basurero y el ritmo de su película es tan rápido como una tortuga.
La estética de El último maestro del aire es como sacada de la serie de televisión de los Power Rangers, que tiene algo de kitch, de ordinaria, de falsa, pero que por algún motivo a los chicos les encanta. Cuestión de educar la mirada, ya aprenderán del error cometido. Eso espero.
Hace unos días un amigo me quiso convencer de los múltiples beneficios del blackberry, y como no lograba su cometido me confesó que lo usaba cuando iba a ver una película aburrida que sus retoños le obligan a ver.
Después de la primera hora de The Last Airbender, sus resultados artísticos eran tan insalvables, que hice lo inaudito: encendí mi blackberry, me puse a ver qué correos había recibido y hasta los contesté. Nunca había hecho algo así dentro de ese ritual, hasta entonces inviolable, que es una sala de cine, y la culpa recae plenamente en Shyamalan. Deberían arrestarlo y prohibirle volver a encender una cámara, por lo menos en un par de años.

