La semana pasada, mientras escuchaba al presidente Barack Obama hablar sobre el tema migratorio con su acostumbrada elocuencia, no dejaba yo de pensar en dos dichos muy populares en América Latina.
El primero, de uso en México, me sugería que, dicho sea con todo respeto a la investidura presidencial, el Presidente nos estaba dando “atole con el dedo”. El otro, colombiano e infinitamente más alegre, me hacía pensar que el Presidente estaba “mamando gallo”.
Dicho de otro modo, el tan anunciado discurso del Presidente sobre migración me pareció engañoso.
Más aun, al oírlo no pude evitar recordar mensajes presidenciales que he escuchado en la última década. La diferencia, si acaso, sería la elocuencia con la que este Presidente habla y la dificultad que agobiaba a su antecesor cuando intentaba expresar ideas.
Como es costumbre en este tipo de discursos, el Presidente empezó por recordarle a la audiencia que Estados Unidos es un país de inmigrantes; que ha sido el intelecto, la energía y la voluntad de los emigrados la que le ha dado forma y contenido al país, y que su futuro depende del empuje, la juventud, el espíritu empresarial y la ética de trabajo de los inmigrantes.
Admitió la naturaleza controvertida del tema citando la eterna contradicción nacional entre los dichos y los hechos. Los altruistas pronunciamientos de espíritus ilustrados como Thomas Jefferson y las leyes aprobadas por el Congreso que discriminaban a ciertos grupos étnicos y a inmigrantes procedentes de ciertas naciones. Con sobrada razón criticó la reciente ley xenofóbica de Arizona, pero olvidó mencionar la generosa amnistía de 1986 convertida en ley por Ronald Reagan.
Al plantearse la autocrítica recordó un dato que suele pasar desapercibido al hablar de la inmigración indocumentada. La cantidad de gente que no cruza ilegalmente la frontera sino que llega cómodamente en un avión y permanece en el país después del vencimiento de su visa. Lo que no dijo es que este grupo es mayoritariamente blanco, europeo, clase media y habla el inglés lo suficientemente bien como para pasar inadvertido.
Con lujo de detalles, Obama explicó por qué es necesario hacer una reforma migratoria integral que incluya un reforzamiento de la frontera. Con lucidez y valentía planteó la necesidad de idear una ruta racional para la legalización de los indocumentados y repitió que no hay manera viable de deportar a los millones de indocumentados y a sus familias nacidas aquí sin dañar a la economía y desgarrar comunidades enteras. Subrayó que no hay justificación moral para hacerlo.
Con los números en la mano explicó que hoy la frontera sur es más segura que como estaba hace 20 años, porque hay el doble de agentes fronterizos, el triple de analistas de inteligencia, se inspecciona el 100% de los contenedores en trenes, hay más decomisos de armas, dinero y drogas y se han reducido las detenciones de indocumentados. Aunque admitió que es imprescindible seguir reforzando la vigilancia en la frontera.
Lo lamentable es que a 18 meses de haber asumido el gobierno, Obama sigue sin cumplir su promesa de reformar el sistema migratorio y, lo que es peor, las medidas contra los inmigrantes en estados, ciudades y municipios van en aumento porque ni el Congreso ni el Presidente quieren enfrentar la realidad.
Según el Presidente el problema es que los republicanos no cooperan y que sin ellos no se puede hacer nada. ¿Y cómo pudo entonces conseguir pasar la reforma sanitaria y varias otras leyes?
Lo cierto es que con las elecciones de noviembre en puerta Obama se ha percatado de que el nivel de apoyo de los latinos se le ha reducido y el propósito de su discurso es congraciarse con ellos.
Desde mi perspectiva, sin embargo, de poco sirve que el Presidente diga que hay que actuar si no pone fechas ni explica cuál es el plan de batalla. Por eso pienso que el presidente Obama nos está dando atole con el dedo.