Alguna vez acudí a un congreso de autores y encontré que en la sección de pequeñas biografías de los participantes un folleto me anunciaba como “periodista y escritor”. Me pareció bien, porque casi todos los columnistas de prensa somos escritores, habida cuenta de que nos vemos obligados a escribir. Algunos lo hacen mejor que otros, pero, al final, no hay escapatoria: toca sentarse, amenazar el teclado con los dedos y empezar a formar letras, palabras, frases… Mejor dicho, escribir.
Me molestaba, sin embargo, cuando me presentaban simplemente como “escritor”, como si le avergonzara la condición de periodista. Soy tenaz defensor de la verdad, pero dejé pasar este detalle porque el género escritor abarca a la especie periodista, y el reclamo no parecía muy fundado. Además, me arriesgaba a que no volvieran a invitarme.
Años después acudí a un seminario de autores y me identificaron como “periodista y novelista”. Esto ya se salía de madre: no había duda de que era periodista y podría aceptarse que fuese escritor. Pero novelista es solo quien ha caminado por el difícil terreno de la novela, y ese no era mi caso.
Como soy tenaz defensor de la verdad, expuse mi caso a los directores del seminario. Pedí que repartieran a los asistentes –más de 80– una fe de errores que enmendara la equivocación y aclarase que era periodista, incluso escritor, pero no había firmado novela alguna. Los directores no me pusieron la menor atención. Dijeron “qué más da” y descartaron de plano toda rectificación.
En ese momento tomé la decisión de escribir una novela, a fin de otorgar veracidad a lo que hasta entonces era una mentira. Ya he dicho que soy un tenaz defensor de la verdad. Terminé el primer capítulo esa misma noche y durante los siguientes días del seminario expliqué a todo el que quiso oírme que era novelista, pero apenas en ciernes. Es decir, que estaba escribiendo una novela, pero que la novela no estaba aún terminada. El remiendo estaba hecho.
La acabé dos años después. Me costó un trabajo horrible, abandoné mis obligaciones de padre y esposo, descuidé mi trabajo, envejecí inventando historias y personajes y perdí buena parte de mis amigos. Pero escribí la tal novela. Se publicó con el título de Impávido coloso, fue traducida el portugués y tuvo un éxito moderadísimo. Sin embargo, había convertido en verdad aquella afirmación de que era “periodista y novelista”.
Impávido coloso me dio casi diez años de tranquilidad. En los simposios en que aparecía mi nombre, y debajo me identificaban como “periodista y novelista”, sabía que era 99% periodista, pero que un pequeño porcentaje de novelista hacía valedera la segunda condición.
Hace unas semanas recibí una invitación a cierto festival cultural que se organiza en Rosario, Argentina. Un programa primoroso, de esos que se transmiten a través de internet, me daba crédito como “periodista, escritor y autor de novelas”. Pensé que me iba a dar un infarto. ¿Novelas? ¿Cuáles novelas? Solo una. Esa era la verdad cruda y dura. Exigí una rectificación. Fue imposible. La organización me dijo: “No hay autores de una novela. Todos lo son de varias”. Como tenaz defensor de la verdad expliqué que yo solo había escrito Impávido coloso y que, por tanto, era mentira hablar en plural.
Dejé de insistir cuando entendí que estaban a punto de cancelarme la invitación. He decidido solucionar la falacia arreglando la realidad: tendré que escribir al menos una novela más. Este esfuerzo me exige suspender por un tiempo la columna semanal que escribo desde hace algunos años en esta querida casa de La Prensa, donde me he sentido tan a gusto. Agradezco a mis lectores y al diario que me brindaron generosa acogida, pero hago discreto y forzoso mutis. Debo concentrarme. Lo siento infinito. Me esperan cerca de 300 páginas en blanco. Por ahora solo tengo el título de la novela: El tenaz defensor de la verdad, pero no tengo ni idea de cuál ha de ser el tema.
