A los ocho años exactos de empezar George Dubya Bush –el 20 de marzo de 2003– su guerra contra Irak, empezó Barack Hussein Obama la suya contra Libia, pero sin admitir que se trata de una guerra. Y qué otra cosa pudiera ser, preguntará alguno. Pues una no guerra.
El 20 de diciembre de 2007, el a la sazón senador Obama dijo que bajo la Constitución de Estados Unidos el presidente carecía de poder para autorizar unilateralmente un ataque militar, excepto para rechazar amenazas reales o inminentes a la Nación. Se refería a que la declaración de guerra es atribución del poder Legislativo, no del Ejecutivo.
Pero ahora que es Presidente se saltó el requisito. Y Joe Biden, en la actualidad vicepresidente y durante el gobierno de Dubya también senador, más de una vez dijo que el entonces presidente merecía ser objeto de un impeachment. Biden ahora no habla de un juicio de residencia contra Obama, sino que se apunta a la teoría de que lo de Libia no es guerra.
Se ve que no están ni él ni Obama allí, donde durante una seguidilla de noches han llovido cohetes crucero de precisión milimétrica y poder destructivo infernal desde barcos de guerra yanquis.
Para que luego, y ya con impunidad, diezmen a las tropas libias las aviaciones aliadas, incluida la americana. Y aunque entre los argumentos esgrimidos para el bombardeo estaba el de evitar una crisis humanitaria, no falta quien dice que el bombardeo más bien la está multiplicando.
Ante tanta destrucción y tantas bajas, ¿cómo puede concebirse que no se trata de una guerra? Nos dicen que es apenas una operación humanitaria para proteger al pueblo libio, pero a una parte de ese pueblo esta ayuda la está matando. Nos dicen que cuenta con el respaldo de una resolución de la ONU, pero ese argumento no resultó válido en el caso de Dubya cuando Irak, a pesar de que entonces las resoluciones de la ONU eran 17, no una. Nos dicen, para no admitir que es una guerra con todos los hierros, que se trata de simples acciones militares “cinéticas” dirigidas a presionar a un dictador que agrede a su propio pueblo y a quien, por otra parte, no se tiene la intención de derrocar.
Y nos dicen, por fin, que en este caso no es pertinente hablar de guerra, porque no existe el deseo de apoderarse de ningún territorio ni de explotar a ninguna población. Pues de acuerdo a eso por parte de Occidente la guerra de Vietnam no fue guerra, porque ni Vietnam del Sur ni Norteamérica querían apoderarse de Vietnam del Norte, sino sólo poner coto a su descarada invasión. Y muchísimo menos fue guerra la Operación Tormenta del Desierto que dirigió Bush, el padre, pues no sólo terminó en cuanto Sadam Hussein desocupó Kuwait, sino que dejó al dictador en el poder.
Ni siquiera, considerada bajo esta novísima definición de qué son los conflictos bélicos, fue guerra la desatada por Bush, el hijo, en 2003 contra el propio Irak –que entre paréntesis nos costó un Congo– pues con la riqueza petrolera iraquí han lucrado después en medio mundo, pero no Estados Unidos, aparte de que hace años el país invadido se gobierna por autoridades propias, elegidas democráticamente.
Y a todas estas no sabemos si con tanta tergiversación y tantos malabares verbales no estaremos trabajando para el inglés, quiero decir, para la Hermandad Musulmana, que es la mala espina que me da.
Nada, que a la guerra se fue Mambrú, según todos sabemos. Y se fue Dubya Bush, un cowboy ignorante y tiratiros. Y, en general, a la guerra se van los imperialistas, que son unos codiciosos abyectos sedientos de sangre. Pero los progres no se van a la guerra. Como estamos aprendiendo estos días, adonde se van es a la no guerra.