Siglo y medio después de Darwin, los seres humanos seguimos intentando averiguar en qué lugar nos ha puesto la selección natural que, como se sabe, incluye en nuestro caso la capacidad de desarrollar respuestas culturales a los problemas de adaptación al medio ambiente. Con ciertos límites, claro es. Sabemos cómo aprovechar los recursos naturales y cómo transformarlos en nuestro provecho, pero nos viene grande la tarea de deshacernos de los desperdicios generados en ese proceso.
Es tan gigantesco el problema que existe ya una página web de la Agencia Espacial Europea que muestra en qué medida la acumulación de basuras comienza a tener una escala cósmica, con nuestro planeta rodeado de una capa de chatarra espacial que le brinda una segunda atmósfera.
No recuerdo quién era el autor de una historia tan bella como inquietante de ciencia ficción en la que la búsqueda de seres inteligentes en otros mundos rastreaba esa pista, la de un cúmulo de basura rodeando al planeta.
Hablar de inteligencia es, en ese contexto, un sarcasmo. Tal vez sería cosa de entender que, más que Homo sapiens, o incluso Homo ludens, la denominación que nos corresponde es la de Homo detritus. Una etiqueta que va a más.
Hasta ahora las autoridades se estrujaban las meninges en busca de soluciones para el cúmulo brutal de basuras con pocos resultados prácticos pero, al menos, parecíamos confiar en la idea de progreso, de mejoras tecnológicas, de una solución mágica venida de la mano de algún invento maravilloso. De abandonar la basura sin más pasamos a recogerla a hora fija por medio de los servicios municipales que –oh, paradoja– se llaman “de medio ambiente”, más tarde se instalaron contenedores en las calles para las bolsas y, por fin, decidimos mover los desperdicios de un lado para otro mediante sistemas carísimos y de eficacia un tanto dudosa como son las tuberías de aire a presión. Ahora parece que la basura ha alcanzado ya su dimensión histórica: la ciudad de la isla de Mallorca en la que vivo ha puesto en marcha una experiencia piloto destinada a recoger de nuevo la basura a domicilio pero, eso sí, a una hora precisa. De seis a nueve de la mañana.
No es difícil predecir lo que sucederá. España es un país bárbaro, insumiso, y nada puntual, con lo que cabe imaginar muy bien que la convivencia con las bolsas de basura como paisaje urbano omnipresente va a ser, en Mallorca al menos, una experiencia continua. Aunque de resolverse el problema acerca de cómo retirar la basura de las aceras quedaría luego pendiente el de qué hacer con ella. En un principio los residuos se abandonaban en los vertederos, que pasaron al poco a llamarse controlados –un eufemismo más–, y llegaron por fin las incineradoras con la esperanza puesta en un reciclaje que está por demostrar. ¿Tendremos que lanzar la basura al espacio, a hacer compañía a la que existe allí? Un cielo de desperdicios sería la imagen del paraíso mejor para quienes hemos tirado ya hasta la toalla.