Tanto como los animales en vía de extinción, me preocupan los cubiertos que han ido desapareciendo con el tiempo.
Cuando era niño, prosperaba la cubertería variada y precisa como instrumental médico. Dos instrumentos de mesa cumplían misiones específicas insustituibles. Uno era el tenedor de mango, versión del tenedor de tres puntas que tenía mucho más desarrollada la del centro que las otras dos, como si estuviera haciendo pistola o consumiendo Viagra. La otra era la cuchara de toronja, dotada con bordes de sierra que le permitían vencer sin demasiados esfuerzos los resistentes cascos de la fruta.
Llevaba años sin ver estas maravillas del diseño gastronómico cuando, de repente, al vaciar los cajones de una tía que pasó a mejor vida, los encontré.
Estaban algo vejados por el tiempo y el húmedo verdín de Bogotá. Pero demostraban el triunfo del hombre sobre la naturaleza.
¿Que el mango es difícil de comer? Pues, he aquí el tenedor que lo ensarta sin misericordia. ¿Que el meollo de la toronja se resiste? Pues, enfréntenlo con esta cuchara capaz de desflorarlo limpiamente.
El bimilenario tenedor medía el progreso. Había nacido con un solo punzón y los romanos duplicaron, en su sabiduría, las astas del adminículo.
La gran conquista del cristianismo fue el tridente, asignado a Satanás. Los actuales tenedores tienen cuatro puntas (salvo los de pescado, que tienen tres): celébrenlo… la humanidad necesitó más de mil 500 años para inventar el cuarto chuzo.
Aunque era aparato antiguo, el tenedor pasó de moda en la Edad Media. Los comensales se defendían metiendo la mano en la olla y los dedos en la boca. En caso de que necesitaran cortar, acudían al cuchillo. Y si se trataba de despachar líquidos, a la cuchara.
Como en aquellos tiempos –y aún en estos—la religión se mete en todo, creció la creencia de quien no tocara los alimentos con la mano faltaba el respeto a Dios, pues Cristo había partido y distribuido el pan con sus propios dedos.
Fue un escándalo cuando hace exactamente 510 años, en la corte británica de la reina Isabel I, se impuso el tenedor. Había llegado la era de la cortesía y la higiene. Ya no era bien visto recoger arroz o ensalada en el cuenco de la mano.
El uso de los tenedores se extendió poco a poco. Ya que se consideraba un elemento de uso personal, como las medias o los cucos, los invitados llevaban sus propios tenedores y luego volvían a casa con ellos en el bolsillo.
Se calcula que el tenedor saltó a América a fines del siglo XVIII, y lo hizo en las valijas de algunos europeos que llegaban a Estados Unidos.
Debió de tardar unos lustros en rodar a América del Sur, y cuando llegó tenía menos dientes que ahora. Pasado un tiempo le nació la cuarta pica y aparecieron, además, los tenedores especializados: el de mango, el de caracoles, el de pescado…
Unos y otros se han ido extinguiendo, como los caimanes o los jaguares. En cambio, solo conozco una innovación reciente en el mundo de los cubiertos, y es el tenedor de mango extensible. Ahora no hablo del mango como fruta, sino del mango como asa, como agarradera.
El tenedor desplegable funciona como las antenas de radio: un trozo de varilla aloja al otro, y para alargarlo basta con estirar los diversos tramos. El tenedor extensible permite atrapar cualquier vianda en una mesa larga o robar comida a un vecino lejano.
Yo no acudo sin él a ningún almuerzo, a ninguna comida, pues me ha prestado jugosos servicios y, como en la época isabelina, al final del ágape lo limpio con el mantel y lo guardo en el bolsillo.
Lamentablemente, sé que está condenado a desaparecer, como la tortuga verde del Caribe o los osos panda. O, para no ir tan lejos, como el tenedor de mango y la cuchara de toronja. Y es que, como lo demuestran los sándwiches, las hamburguesas y los envoltorios yupis (los tales wraps), hemos vuelto a comer con la mano.
