Blanca Navidad, dice la canción. Pero no podemos cantar esa tonada teniendo tanta basura en derredor. Y esto es así, porque el sentido que la mayoría de las personas acostumbra a darle a la palabra “blanca” es de algo que está limpio. ¿Cómo podemos, entonces, tener blanca Navidad rodeado de tanta suciedad?
Observo las paradas atestadas de desperdicios igual que los puentes elevados –en estos, además, hay excretas de los orates que por allí deambulan o viven, inclusive– e hidrantes sin tapas llenos de basura.
Ante este triste panorama me hago la pregunta: ¿Quién es el responsable de darle seguimiento a esto?
Hoy en día, cuando sale a la palestra la necesidad de penalizar la discriminación, también podría uno preguntarse: ¿Por qué no penalizar a aquellos que limpian una parte de la ciudad, pero no el resto? ¿No es, acaso, la salud igual para todos? Esto no se trata de política, sino de salud mental. El que no vive como piensa, terminará pensando como vive. Es decir, si vivimos rodeados de basura, terminaremos pensando como basura.
Como ya lo mencioné antes, el primer deber de las leyes es mantener saludable a la sociedad a la que sirven. Y cuando hablamos de esto no nos referimos solo a la salud física sino también a la mental. Lo que sucede es que nos acostumbramos a verlo con una arista política, lo que es muy arriesgado, porque si le damos esta connotación a todo cuanto hacemos o digamos, terminaremos validando aquel dicho que dice: Pueblo chico, infierno grande. Y este pueblo es demasiado chico como para que tengamos un infierno de basura.
Quienes aspiren a dirigir el país, desde los diferentes cargos, deben presentar, de manera concreta, la solución a este problema. Hasta ahora, hemos tenido personas que han tomado algunas decisiones al respecto, pero no a quienes tomen resoluciones. Es decir, debemos votar por quienes estén resueltos a solucionar definitivamente este problema.
En cierta ocasión leí un artículo sobre la autoestima que señalaba que si una persona es limpia por dentro, ¿por qué tiene que ser sucia por fuera? Parafraseando eso, podemos señalar: si un país es limpio por dentro (haciendo referencia a sus instituciones democráticas), ¿por qué tiene que ser sucio por fuera? Es decir, ¿por qué mostrar ese aspecto de suciedad? El traje revela al sujeto, decía Shakespeare, y un país cuyas calles y paradas estén atestadas de desperdicios revela no solo el traje con el que están vestidos sus ciudadanos sino el ropaje que viste las leyes con las que son gobernados esos ciudadanos.
Si la mejor forma de limitar la acción de un gobierno es a través de las leyes, también lo será para limitar la acción de los ciudadanos. En este caso, de los malos ciudadanos que tiran basura por doquier.