Soy de los que cree que las bodas a la vieja usanza, con novia vestida de blanco, ramo de azahares, velo, arras en cojín, niños que llevan la cola, liga para arrojar a los solteros y noche de bodas, tienen un encanto irresistible.
Mucha gente asegura que estas ceremonias de templo y cura forman matrimonios cristianos, pero yo no creo en eso. Sospecho que no se es mejor cristiano acudiendo todos los días a la iglesia, así como no se convierte uno en automóvil por más que visite el taller de mecánica.
No hablo, pues, desde el punto de vista sacramental. Tampoco desde un perspectiva social, pues convengo en que las fiestas nupciales son aburridísimas para todos, y, en especial, para los novios. Ni siquiera me baso en razones jurídicas, porque considero que uno queda igualmente casado ante un magistrado y sin padrinos que ante un obispo con 400 comensales ataviados de esmoquin. Defiendo las bodas a la vieja usanza porque son mucho más sensuales, excitantes y sugestivas para los contrayentes y los invitados.
El simbolismo de inocencia que encierra el vestido blanco de la novia blanca ofrece dos posibilidades: si corresponde a la verdad, anticipa un pronóstico voluptuoso; y, si no es cierto, oculta una fascinante hipocresía.
Si la novia no ha conocido aún las mieles y demás sustancias del placer carnal, es fácil imaginar que estará descontando con delectación creciente –incluso con miedo– los minutos que le faltan para entregarse, ya bendita, en brazos de aquello tantas veces soñado.
Y si está ya curada de espantos en esta materia, nada más tentador que imaginar a esa mujer experta envuelta en el falso anuncio de la inocencia blanca. Es el mismo fenómeno que llevaba a don Juan a seducir a una novicia en vísperas de profesar y una novia en vísperas de contraer, y el que conduce a bailarinas de cabaré a subir al tablado disfrazadas de colegialas o monjas.
Más allá de la lucha entre la inocencia y la perversión (si la experiencia fuera perversión y no mero seguro de vida conyugal), la boda formal plantea la eterna lucha entre la verdad y la mentira. ¿Cuántas novelas, obras de teatro y películas no se han hecho para escalar el momento crucial del “acepta usted por esposo, o por esposa, a Fulanito, o Fulanita, de Tal” y producir enseguida una negativa demoledora? ¿Cuántas más no han tenido como clímax el instante en que el cura o el juez solicita que quien conozca un impedimento para la unión lo exponga, y uno de los invitados levanta la mano?
Pero, aun cuando todo parezca normal –nadie alega impedimento, los novios dan el sí– todavía palpita otro elemento. ¿Será sincero el novio o la novia? Recuerden aquella canción de Antonio Prieto: “Blanca y radiante va la novia; / la sigue atrás un novio amante”.
Pocos versos más adelante, la escena adquiere un giro torvo: “Ante el altar está llorando; / todos dirán que es de alegría. / Dentro, su alma está gritando: / “¡Aaaaave Marííííííaaaa! / Mentirá también al decir que sí / y al besar la cruz pedirá perdón...”.
El final llega cuando el intérprete revela las razones del llanto de la contrayente: “Y yo sé que olvidar nunca podría / que era yo, no aquel, a quien quería…”. No me digan que esto no es mucho más excitante que las bodas ante juez promiscuo.
