Escuchando cómo Gordon Brown prometía una sociedad de clases medias, basada en los derechos y responsabilidades y que aspira a la excelencia en los servicios públicos, muchos británicos –y no solo tradicionales votantes tories– se preguntan: entonces, ¿qué ha estado haciendo el laborismo a lo largo y ancho de los últimos 13 años, y para qué quiere un cuarto mandato?
Porque, salvando los retoques forzados por la crisis financiera y el desastre de las cuentas públicas, el manifiesto laborista de cara a las elecciones del 6 de mayo suena exactamente igual que todos los anteriores desde que Tony Blair impuso la tercera vía en el Labour, un batiburrillo de ideas con la etiqueta de reforma y modernidad. El problema de Brown es que, a estas alturas, la gente es mucho más cínica y sabe que se trata de un rosario de promesas o bien simplemente vacías o bien imposibles de cumplir.
“La historia de la mejor medicina pública”, “las mejores escuelas”', “la mejor policía” y una sociedad respetuosa que erradique el “gamberrismo” suena ya a disco rayado, más aun con la voz monótona de Brown. La percepción generalizada es que la inversión en el estado del bienestar sí ha existido, pero se ha desperdiciado en burocracia: más gestores y controles en vez de más maestros y camas de hospital. Y encima ahora no hay dinero.
“Estamos ante la batalla de nuestras vidas, nos enfrentamos a una elección histórica entre progresismo y conservadurismo, porque es imposible tener las dos cosas a la vez”, dijo Brown al presentar el manifiesto del Labour, ignorando que precisamente la filosofía heredada de su predecesor Blair consiste en borrar las ideologías, porque lo único que cuenta es lo que funciona.
Ahora que el Labour ve las orejas al lobo de un probable triunfo conservador, su táctica consiste en plantear el dilema en falsos términos ideológicos, como si hubiera diferencias abismales entre sus propuestas y las del tory David Cameron. El Gobierno quiere aplazar los sacrificios económicos que se avecinan, y sus rivales apretar ya el cinturón para empezar a reducir la deuda. Y en cualquier caso no pagarán ni los ricos (tienen paraísos fiscales) ni los pobres (tienen subsidios del Estado), sino las clases medias.
En su programa, el Labour se compromete a no subir el impuesto sobre la renta, pero deja abierto un incremento del IVA; promete referendos para reformar la Cámara de los Lores (un objetivo que se remonta al primer mandato de Blair), cambiar el sistema electoral y dar el derecho de voto a partir de los 16 años; aumentar el permiso de paternidad y el salario mínimo; garantizar empleos a los parados de larga duración, y permitir que los diputados corruptos sean expulsados. Todo ello lo viste como una nueva revolución industrial y política, la reforma a fondo del mercado y del Estado. La cuestión es cuánta gente hace caso a estas alturas a ese tipo de retórica.