Podría decirse que Gordon Brown tuvo el lunes un día relativamente bueno: su partido sufrió una debacle electoral, otro miembro del gobierno dimitió y varios diputados exigieron su renuncia; pero pese a todo, sigue siendo primer ministro de Reino Unido, al fracasar en el último minuto una rebelión en el seno de su propio Partido Laborista y evitarse su salida del gobierno... de momento.
“Sobrevive para seguir dando tumbos. Pero nadie cree que el peligro haya pasado”, comentó The Guardian.
En la noche del lunes tuvo lugar un encuentro decisivo del Partido Laborista, pero en lugar de presentar una petición para su sustitución y salida del poder, los “rebeldes” del partido fracasaron en su intento. “El momento adecuado (para hacerlo) ya ha pasado sin que se desarrollara una dinámica propia”, comentó un diputado.
“Los laboristas no quieren una nueva dirección”, dijo el ministro del Exterior, David Miliband. Incluso, el ministro del Interior, Alan Johnson, del que se hablaba para suceder a Brown, apoyó “incondicionalmente” al jefe del gobierno.
Solo los críticos habituales, como el ex ministro del Interior Charles Clarke, se atrevieron a hacer algo insólito: exigir públicamente la dimisión de un primer ministro.
Mientras, Brown se mostró más relajado y conciliador en el encuentro del partido celebrado a puerta cerrada. “Hay cosas que hago bien y cosas que hago menos bien (...) He aprendido que siempre hay que seguir aprendido”, dijo manifestando su intención de ser más cooperador y escuchar más. “Reconoció que debe cambiar su estilo de mando”, dio un portavoz.
Pero la victoria se debe menos a lo que puede hacer Brown que a la precaria situación de los “rebeldes” de las filas laboristas. (Brown) “es débil, pero los rebeldes lo son más”, escribía el Daily Telegraph.
Saben que les falta una alternativa al escocés de 58 años. Incluso si tuvieran ya un sucesor a mano, tendrían que convocar lo antes posible nuevas elecciones. Y ello conduciría con prácticamente toda probabilidad al desastre de los laboristas, e incluso los opositores de Brown perderían sus empleos.
Además, Brown tiene que agradecer su permanencia en el número 10 de Downing Street nada menos que a su antiguo enemigo Peter Mandelson. El ministro de Economía convenció a ministros de alto rango la semana pasada de abstenerse del golpe.
Incluso se cree que fue él quien convenció a los disidentes de que una revuelta en este momento no sería otra cosa que un suicidio político.