Si bien la geología calcula que hace ocho mil años se separaron de tierra firme, la primera referencia escrita que se conserva del archipiélago de Las Perlas es una carta del aventurero Vasco Núñez de Balboa a los monarcas españoles, ocho meses antes de convertirse en el primer europeo que se mojó en las aguas del océano Pacífico: “dicen que hay muchas perlas en mucha cantidad, muy gordas, y que tienen cestas de ellas los caciques...”.
Para conocer más del pasado de esa sociedad isleña se puede echar mano de la investigación dirigida por Richard Cooke, del Instituto Smithsonian, que detectó en una playa de la isla Pedro González elementos de hasta 6 mil años de antigüedad, lo que se constituye en uno de los primeros vestigios de la vida en esta parte del país.
Del período posterior a la aparición de la cerámica en el actual Panamá -4 mil 500 años más o menos- encontró además cientos de fragmentos cerámicos, vasijas, metates, utensilios cortantes, restos de vivienda y tiestos, una mínima parte de la historia susceptible de ser borrada si no se preservan las islas de Las Perlas.
Cooke relata que la llegada de la Europa colonial fue devastador para los indígenas. El mismo Balboa apuntó que la crueldad en la conquista de la que él denominaba “Isla rica de Las Perlas” superó la gravedad del conflicto entre árabes y cristianos –enfrentamientos comunes en esa época-, al relatar como en 1514 el capitán Gaspar de Morales ordenó decapitar y acuchillar a 100 indígenas cautivos, la mayor parte mujeres y niños, hasta que “dieron por esclavos a todos los indios e indias que traían de la isla rica, sin ninguna conciencia”.
Múltiples crónicas recogen distintos elementos de la vida local. Desde las resistentes canoas que “son barcas que los indios hacen de un solo palo”, hasta las especies animales que degustaban (puercos, venados o codornices) o el número de perlas y oro que guardaban las islas, motivo de su ocupación. Para 1534, la presión de los ocupantes motivó tal degradación de la población nativa, que los recién traídos esclavos africanos comenzaron a ser enviados a la isla como mano de obra.

