Está de moda visitar al dictador Raúl Castro y a su hermano Fidel en La Habana. Lo que no está de moda es pedir que haya en Cuba una verdadera democracia representativa, que se respeten los derechos humanos, que haya libertad de prensa y que los cubanos puedan salir de su país cuando se les dé la gana.
Es como un trencito. Los presidentes latinoamericanos han ido llegando a La Habana, uno tras otro, con un sorprendente cargamento de ingenuidad. Sus visitas, lejos de promover una apertura democrática en la isla, refuerzan a un par de dictadores que se han atornillado al poder durante más de medio siglo.
El requisito mínimo, en primer lugar, es exigir públicamente el fin del embargo norteamericano. Pero todos son censurados: Ninguno puede criticar abiertamente a la dictadura cubana ni reunirse con prisioneros políticos. Es increíble que estos presidentes acepten una mordaza de sus anfitriones cubanos cuando ellos mismos no podrían imponer el mismo tipo de censura en sus propios países.
Así llegaron en enero los presidentes de Panamá y Ecuador. En febrero cayeron en la isla los mandatarios de Guatemala y Chile. (Pregunta: ¿Cómo se habría sentido Michelle Bachelet si durante la dictadura militar –responsable de la muerte de su padre– un presidente latinoamericano hubiera ido a visitar a Augusto Pinochet a Chile?) En marzo visitaron los líderes de la República Dominicana, Honduras y Argentina. Y en abril lo hizo el incondicional: Daniel Ortega, de Nicaragua, Evo Morales, de Bolivia, y Hugo Chávez, de Venezuela, que van y vienen.
Cuando veo las caritas sonrientes de esos presidentes en La Habana, me pregunto: ¿Acaso no saben que a solo unos pasos de ahí hay prisioneros políticos pudriéndose en sus celdas? (Ninguno de ellos ha sido liberado durante estos viajes).
Estas visitas responden a una clara búsqueda de legitimidad del régimen castrista. Y, desde luego, solo busca legitimidad quien no la tiene.
¿A qué van los presidentes a Cuba? Hay, claro, una curiosidad personal por ver a Fidel antes de su muerte. Pero las fotos de los encuentros le sirven al Gobierno cubano para promover la continuidad. Ya ven –sugieren los pies de foto– nuestro líder histórico no está moribundo ni tampoco nuestro sistema de gobierno.
Los presidentes van, además, porque creen que pueden ser útiles en una futura transición hacia la democracia en Cuba. O como intermediarios entre Cuba y Estados Unidos, como lo propuso recientemente el presidente mexicano, Felipe Calderón, a Barack Obama durante su visita a México. Y esto nos lleva a la próxima visita de Calderón a La Habana. El Gobierno de México se había guardado la posible fecha, en parte, para evitar protestas y un muy incómodo debate público. Aunque hoy sabemos que iba a ser muy pronto.
Pero, como Cuba prohibió los vuelos de y hacia México debido a la epidemia de influenza, ahora Calderón lo está pensando dos veces. “Pues, sí, iba a ir a Cuba, efectivamente, en estos días, semanas”, le dijo en una entrevista al periodista de Televisa, Joaquín López Dóriga, “pero como Cuba ha impedido los vuelos de México, pues a lo mejor no voy a poder ir”.
Ahora bien, el régimen cubano, con tal de conseguir la primera visita de un presidente mexicano en años, pudiera restablecer rápidamente los vuelos a México. Y si Calderón cae en la trampa, ojalá aproveche su visita para defender los derechos humanos de los cubanos.
México, que tanto se queja del maltrato a los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, hace algo mucho peor con los cubanos que llegan en botes o balsas a México: Los deporta a un futuro incierto y no hace ningún tipo de seguimiento para asegurarse de que el cubano deportado no sea encarcelado o sufra severas represalias a su regreso forzado a la isla. Esto forma parte de un nuevo acuerdo firmado por el gobierno de Calderón con el régimen cubano. Pero ese acuerdo debe ser revisado.
Además, Calderón sí puede hacer algo distinto a otros presidentes latinoamericanos que le precedieron en su viaje a la isla. Cuando vaya a La Habana, ojalá Calderón no tenga miedo de decirle a los cubanos que su familia –y muchas otras familias –lucharon en México durante mucho tiempo para no vivir como en Cuba: sin prensa libre, sin libertad religiosa, sin verdaderas elecciones multipartidistas.
Ojalá el presidente mexicano le cuente a Raúl y a Fidel que su padre, Luis Calderón Vega, uno de los fundadores del Partido Acción Nacional, dedicó su vida a que los mexicanos no tuvieran un régimen autoritario como el que ahora sufren los cubanos.
Ojalá Calderón les recuerde que él mismo hizo todo lo posible para que terminaran las siete funestas décadas del Partido Revolucionario Institucional en la presidencia y que sabe que cinco décadas ininterrumpidas en el poder son muchas.
Ojalá Calderón no se quede callado frente a las violaciones de los derechos humanos que hay en Cuba y que él tanto denunció cuando ocurrían en el México priísta.
Ojalá exija que, como condición a su visita, le permitan reunirse con prisioneros políticos, disidentes, periodistas independientes y con las Damas de Blanco (un grupo de mujeres en Cuba que lucha por la liberación de sus familiares disidentes encarcelados por la dictadura). En otras palabras, cuando Calderón vaya a La Habana, ojalá pida para los cubanos las mismas libertades que él siempre ha exigido para los mexicanos. Y si hace eso, entonces, su viaje habrá valido la pena.