Hasta los idiotas entienden que por el camino impuesto a Venezuelaterminaremos en una guerra civil abierta de consecuencias devastadoras. Esa guerra ya empezó. La declaró el jefe de Estado contra una nación que se debate entre el descontento indignado y el miedo a ser víctima de los esbirros del régimen. Actúan en un clima de total impunidad bajo la dirección del propio Presidente.
El pasado 22 de agosto tuvimos una demostración adicional de la perversidad que los caracteriza. Los límites impuestos a la pacífica manifestación opositora contra la nueva ley de educación y la ferocidad empleada en reprimirla no nos sorprenden. Sabíamos que si los mismos continúan haciendo más o menos lo mismo, obtendrán siempre los mismos resultados. Se trata de una película repetida muchas veces. Precisamente por eso, estamos obligados a reflexionar todos juntos, serena y profundamente, sobre la naturaleza de la lucha que debemos impulsar. La protesta es indispensable, pero no basta. Necesitamos desarrollar una línea capaz de provocar el radical cambio que Venezuela necesita. Pero será imposible mientras el régimen que dirige Hugo Chávez se mantenga. El teniente coronel tiene que ser el primer objetivo del cambio, paso previo para el renacimiento democrático y el establecimiento de un orden público sobre la base del respeto a la ley y al funcionamiento ajustado a derecho de las instituciones.
¿Podremos los venezolanos ponerle punto final a la situación actual en el menor tiempo posible? ¿Seremos capaces de sustituir al gobierno por otro que proteja a la nación de los peligros internos y externos que la tienen postrada y amenazada, que defienda los valores de las libertades civiles y económicas, de la propiedad y la seguridad de las personas y de los bienes? La respuesta es positiva. Sí y mil veces sí. Aunque nada sucederá a menos que todos trabajemos las 24 horas del día para lograrlo. La dirigencia política tiene que estimular la imaginación y determinar nuevas formas de lucha.
La política tradicional no existe. Ha sido eliminada. A pesar de que nos mantenga ocupados, no será suficiente para lograr el cambio. El menor tiempo posible mencionado es el que sea necesario utilizar, sin apartarnos del objetivo. No olvidemos que cuando la oposición se hace simple rutina, los ánimos pueden decaer despertando una peligrosa resignación pesimista en algunos que incluso cuando están en contra del régimen y condenan al tirano y su tiranía, deseando el cambio, todavía prefieren no exponerse demasiado.
Esperan que otros resuelvan por ellos. Se acobardan frente al abuso de poder sintiéndose incapaces de enfrentarlo y derrotarlo, generando la costumbre del disimulo. Este peligro también hay que combatirlo.
El llamado es a la unidad de todos los venezolanos en medio de la diversidad que nos caracteriza. Pero fundamentalmente alrededor del objetivo señalado, condición indispensable para diseñar una estrategia compartida por todos que conduzca al éxito. ¡Ojalá podamos reaccionar con fuerza antes que caiga la noche!