Los 100 años del Canal de Panamá son, también, 100 años de historia, de luchas, sacrificios colectivos, fracasos y éxitos. Hay razones para celebrar y reconocer los aportes, incluidos aquellos que hicieron los trabajadores venidos de otras latitudes. Ellos en la búsqueda de oportunidades propias contribuyeron al desarrollo de una obra que simboliza el sentido mismo de la nación istmeña. Que en el extranjero se nos catalogue como “canaleros”, para referirse a nuestra procedencia, dice mucho de la identidad entre Canal y “panameñidad”.
Respecto a los aportes que hicieron personas de las más diversas nacionalidades, durante un reciente viaje que hicimos a la República de Taiwan, y durante un encuentro con el viceministro del Consejo de Asuntos de China Continental, Lin Chu Chia, aprovechamos la ocasión para reconocer, en el marco de esta conmemoración, el rol que jugó el pueblo chino en la construcción del ferrocarril, primero, y del canal, después. “Ustedes, le dije, son también parte de los 100 años del Canal de Panamá, porque es una verdad que con el sudor asiático y hasta con la muerte (suicidio colectivo de chinos) se aportó en las construcciones de esas obras de comunicación al servicio de la economía mundial”.
Este centenario rememora sentimientos. Nos desprendemos del mal recuerdo de una vía construida por Estados Unidos en nuestra geografía privilegiada, pero que militarizaron para favorecer su política imperial, esa que marcó la superioridad con la que se mancilló la rebeldía estudiantil. El saldo trágico, con la sangre joven derramada, convocó a la unidad de pensamiento nacional. Porque aquello fue luz, ejemplo y heroísmo. Si hoy hablamos de “un solo territorio, de una sola bandera”, de un Canal recuperado y administrado por los panameños, con eficiencia comprobada, es porque se levantó la tricolor, se luchó con gritos de soberanía, y se negoció en la década de 1970, con valor nacional.
Cuando el vapor Ancón hizo su primera travesía, el 15 de agoto de 1914, dio inicio a una de las rutas interoceánicas más importantes. Fue el encuentro de los mares a través de un estrecho privilegiado de 80 kilómetros; un sobreponerse a los obstáculos con la ingeniería y el ingenio humano de inicios de siglo XX. Desde entonces, cientos de miles de embarcaciones, poco más de 700 mil, han recorrido la estrecha franja, dándole movilidad al comercio mundial.
El Canal de Panamá simboliza el progreso, el mismo que se destaca en el escudo de armas y en el himno nacional, en uno de sus versos. Su valor no se reduce a lo económico, aunque hay que destacar su importancia, como actividad generadora de ingresos para el país.
El aporte del Canal al producto interno bruto ha sido sostenido y creciente desde el año 2000 cuando manos panameñas capaces asumieron la responsabilidad histórica de su administración. En ese año alcanzó el 16.1%, es decir, los $1,654.6 millones.
La obra canalera entraña las bases esenciales de la construcción de la nación, porque la vía interoceánica es también parte del contenido cultural y expresión de las motivaciones nacionales. Sin que sea el “todo” (Panamá es más que un Canal, se ha dicho) está presente en las raíces profundas y en la externalidad del “ser panameño”.