La capacidad de formar grupos de cooperantes que se prestan ayuda mutua es, en el mundo de la antropología, la explicación mejor de que se dispone para entender cuál fue el mecanismo evolutivo que llevó, dentro del linaje humano, a las ventajas adaptativas de unos seres tan indefensos desde el punto de vista de las armas naturales –colmillos, garras– como son los de nuestra especie. Nuestros ancestros, en especial los más remotos, no lo tenían mejor. Un australopitecino no medía mucho más de un metro de altura y su constitución era, comparada con la de cualquier simio de los de ahora, enclenque.
Pero hace casi dos millones de años, esos seres tan frágiles y desamparados fueron capaces de abandonar el continente africano y colonizar Asia, primero, y Europa más tarde. El nivel técnico de que disponía el Homo georgicus, especie protagonista de la dispersión inicial hacia el Lejano Oriente, era el de unas herramientas muy primitivas. Pero se cuenta con pruebas acerca de su condición altruista por el hallazgo de cráneos a los que les faltan todos sus dientes. La ayuda colectiva a los individuos necesitados tiene una larga tradición en nuestro linaje.
Se suponía que la clave para esa formación de grupos estables y cooperantes estaba en la capacidad humana para reconocer rostros, fundamento mismo de la familiaridad. Al saber quién es y quién no miembro del grupo, éste cuenta con un mecanismo excelente de cohesión. Pues bien, de enorme importancia para antropólogos y, claro es, primatólogos es el hallazgo hecho por un ilustre estudioso de la conducta de los monos, Frans de Waal, del centro Yerkes de investigación de la universidad Emory, en Atlanta.
Jennifer Pokorny, del mismo instituto, y De Waal han indicado de manera bien convincente cómo los monos capuchinos cuentan también con la capacidad para identificar rostros familiares. Lo han averiguado mostrando a los capuchinos fotografías ante las que la tarea de reconocimiento se lograba incluso si a las imágenes se les suprimía el color dejando los tonos en la escala de los grises.
Los capuchinos –Cebus apella– son monos del Nuevo Mundo, alejados de nosotros por decenas de millones de años de evolución separada. Pero su conducta es en ocasiones de lo más humana. Son capaces de apreciar el trato injusto y de rechazar compromisos que lo impliquen, incluso si sacan más ventaja aceptando un intercambio en inferioridad de condiciones que negándose a él.
Fue también el equipo de Frans de Waal, en un experimento dirigido por Sarah Brosnan, quien lo puso de manifiesto hace cinco años. Ahora aparece otro signo de humanidad o, mejor dicho, de lo que cabría ir llamando ya monería (se admiten palabras mejores para calificar esas conductas compartidas). Dicho de otra manera, lo que los humanos somos se ha alcanzado por una vía en la que también se encuentran otros simios, que sólo necesitan para alcanzar el grado del pensamiento humano algo más de cerebro. Pero eso, ¡ay!, ya lo dijo Darwin hace casi 140 años.