[REFORMA]

Carol

En estados Unidos, pocos se opusieron a que el Estado empleara fondos para rescatar la banca, pero muchos se oponen a hacer accesible y obligatoria una atención médica...

El debate sobre la reforma sanitaria de Barack Obama no solo sorprende a los europeos sino que confirma –si es que a algunos les quedaban dudas– la idea de que lo que nos separa no es el Atlántico sino el modo de concebir el papel del Estado en la vida cotidiana. Más aún teniendo en cuenta que la ambiciosa reforma ha quedado en aguas de borrajas si la comparamos con la que el Presidente pretendía y muy lejos del sistema sanitario que rige en la mayoría de los países de este viejo mundo.

Y no es que nos sorprenda, sino que incluso nos resulta cómico que los más radicales entre los republicanos tachen a Obama de socialista. La palabrita debe de sonarles a dictadura, a crisis de los misiles, a guerra fría y al famoso teléfono rojo (que ni era rojo ni en un principio teléfono sino teletipo) que comunicaba directamente la Casa Blanca con el Kremlin. Más de medio siglo después, los republicanos ignoran la evolución del socialismo europeo y de algunos países latinoamericanos.

También es verdad que ayuda poco en la comprensión el aberrante socialismo del siglo XXI encabezado por Hugo Chávez y los hermanos Castro. Cuestión de matices semánticos y de grandes diferencias. Entre los primeros la democracia es incuestionable, mientras que en el eje Caracas–La Habana lo que no se cuestiona es que se trata de totalitarismos a secas.

Aún hay analistas afectos al sistema norteamericano que consideran el capitalismo un dogma de fe sin grietas ni fisuras. Tras el debate de la reforma, en este lado del océano hemos terminado por entender que quien lo dude puede incluso ser acusado de atentar contra la esencia misma de la nacionalidad. La importancia del capital, es decir, del dinero, ya la conocíamos. Pocos se opusieron a que el Estado empleara fondos para rescatar la banca, pero muchos se oponen a hacer accesible y obligatoria una atención médica que de todas formas seguirá en manos de las aseguradoras, más controladas, pero empresas privadas al fin.

Increíble que a eso le llamen socialismo. Increíble también que para estar cubierto a todo riesgo haya que ser rico, y que se condenen las subvenciones estatales por considerar que, de principio, patrocinan la vagancia y anulan la iniciativa personal. Prejuicios burgueses y atávicos.

La sanidad española, con independencia del partido que gobierne en cada comunidad autónoma, funciona bastante bien, aunque no es perfecta ni tiene el lujo de la sanidad privada que tampoco se necesita. Se nutre de las cotizaciones de patronos y trabajadores y la filiación es obligatoria. Un sistema parecido al de Panamá con la diferencia de que aquí es eficiente hace ya años.

Los desempleados tienen una subvención que dura unos 18 meses con derecho a disponer de la tarjeta sanitaria, e incluso los ciudadanos probadamente insolventes son atendidos. Una serie de leyes y convenios cubren a los que como yo, no hemos cotizado en España. Puedo asegurar que el monto que pago –muy inferior al seguro privado que tenía en Panamá– está sobradamente amortizado en pruebas de rutina y prevención, como la mamografía o las vacunas, en consultas al médico de cabecera o al especialista y en pruebas más específicas, aunque en estos casos nadie te salva de una prudente lista de espera.

Los medicamentos se adquieren en farmacias, nada de genéricos brujos, con una reducción en el precio del 60% para los trabajadores y el 100% para los jubilados y pensionados.

Prestación más, prestación menos (enumerarlas todas sería tedioso y largo), la sanidad en otros países europeos es semejante.

Sin deducibles ni condiciones previas. Un método ni socialista ni liberal, que es como gusta a los conservadores que se les llame. Solidario.

No es requisito imprescindible venir al mundo con las espaldas cubiertas por un capital heredado, dotado de una inteligencia supina o de un espíritu emprendedor para sentirse ciudadano de primera categoría. Y recuerdo a Carol, la camarera interpretada por Helen Hunt en As Good As It Gets, cuyo seguro privado no le cubría ni la atención que su hijo asmático necesitaba.


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