Las palabras de Barack Obama después de la operación militar que acabó con el criminal más buscado del planeta fueron timoratas: “La muerte de Bin Laden no debe ser tomada como un ataque contra el islam”, dijo. ¿Por qué entonces los árabes no salieron a las calles a festejar la muerte del asesino, igual que hicieron cuando cayeron las Torres Gemelas?
Según el Presidente, Estados Unidos no tiene una guerra contra el islam. Sí, pero el islam tiene una guerra contra Estados Unidos. Mientras su gobierno no reconozca esa realidad, Norteamérica seguirá perdiendo supremacía. El mérito de este suceso les corresponde a los militares norteamericanos; a Bush y Cheney que declararon la guerra contra el terrorismo y a los encargados de manejar la prisión de Guantánamo que obtuvieron la información que llevó hasta la captura del fanático.
Los servicios de inteligencia se aplazaron en su intento por atrapar al criminal, pese a que se ocultaba en un gran edificio rodeado de paredes de seis metros de alto, resguardado como un fuerte, que sobresalía sobre los demás. Sin duda, los paquistaníes son cómplices directos o indirectos de Al Qaeda. Paquistán recibe miles de millones de Estados Unidos; por eso le permiten operar a su ejército en el país, pero no es su aliado. En cualquier momento podría darse la vuelta en su contra.
La familia Saudí y sus príncipes estarán dando un respiro de júbilo. Sin Osama Bin Laden su gobierno se fortalece, pese a que la Casa de Saud es la causa primigenia del terrorismo islámico. La Hermandad Musulmana debe estar con sentimientos encontrados, porque le quitaron a su principal compinche y, al mismo tiempo, a un archirrival en pos del poder en Medio Oriente.
Eliminar a Osama es relevante, porque sin esa cabeza sus seguidores se desmoralizan y demoran en reorganizarse. La historia lo confirma: ese es el comienzo de la solución.
Lo que falta por ver, para no crear falsos mitos, es la foto del cadáver de Bin Laden, que todavía no se han hecho públicas. (Cuidado no entremos en una estupidez semejante a la tardanza con la revelación del certificado de nacimiento de Barak Obama).
En represalia a la muerte de Bin Laden, puede darse un atentado de gran magnitud en algún punto insospechado del planeta en las próximas semanas, pues sus células obran independientemente.
Ayman el Zawahiri es visto como el que asumirá la dirección de Al Qaeda. El oculista egipcio, exmiembro de la Yijad islámica, es el líder ideológico y, según los expertos, “el cerebro” detrás del atentado del 11/S.
Su cabeza sigue en demanda: se ofrecen 25 millones de dólares. Su mujer e hijos murieron en un ataque aéreo norteamericano en 2001 y él es buscado en Egipto, o mejor dicho, era buscado por sus actividades terroristas antes de caerse Hosni Mubarak. Otro posible heredero de la jefatura de Al Qaeda es Abu Yahya al-Libi –libio de 48 años– quien fue miembro del “Grupo Libio de Lucha Islámica” que se alió con Bin Laden.
Éste se ha hecho visible en los últimos tiempos como el “teólogo” detrás de Al Qaeda y su popularidad interna está superando a Al Zawahiri. Es guerrero, comandante militar, poeta, intelectual, muy carismático y experto en matar gentes inocentes.
Los demás miembros prominentes de Al Qaeda tienen labores específicas que seguramente mantendrán para proseguir sus operaciones.
La muerte de Osama Bin Laden es un gran logro, pero no es el fin; es el principio. Existe por lo menos un millón de fanáticos dispuestos a inmolarse en el nombre de Alá.