Jean-Francois Julliard, secretario general, y Lucie Morillon, responsable de nuevos medios de Reporteros sin Fronteras, han dado en el clavo al definir internet como “una especie de crisol en el que sociedades civiles asfixiadas renacen y se desarrollan”.
Su afirmación se produjo el 12 de este mes, con motivo de la Jornada Mundial contra la Cibercensura.
Casi de inmediato, Hugo Chávez y Raúl Castro se encargaron de validarla, al manifestar su temor y rechazo a las enormes oportunidades que ofrece la red global de comunicaciones digitales para la difusión, búsqueda e intercambio libres de informaciones y opiniones.
El sábado 13, desde su programa Aló, presidente, Chávez gritó: “Internet no puede ser una cosa libre, donde se diga y se haga lo que sea. No –enfatizó con desorbitados gestos–, cada país tiene que poner sus reglas”.
Dos días después, un comunicado de la Cancillería cubana calificó como “herramienta de subversión y desestabilización” la vía libre otorgada por el Gobierno de Estados Unidos a empresas de su país que deseen ofrecer servicios de comunicación a los cubanos, mediante aplicaciones de internet.
Ambas declaraciones, además, ilustran la disparidad de realidades de comunicación que viven Venezuela y Cuba y, como consecuencia, las diferencias en las medidas represivas que cada régimen impulsa o aplica.
Chávez pretende frenar el dinámico empleo que los venezolanos ya hacen de internet y sus posibilidades como herramientas de libertad, y que les facilita informarse, relacionarse y organizarse al margen de las estructuras oficiales.
Esto ha sido posible porque aún existen importantes márgenes de acción privada en Venezuela, incluso en telecomunicaciones, y porque el ímpetu autoritario del Gobierno no ha cuajado en una realidad totalitaria.
Castro pretende evitar que el desarrollo de la red inunde Cuba, porque ve en ella –y con razón– un elemento demoledor de su aparato represivo.
Al contrario de Venezuela, cuando la revolución de internet comenzó a desarrollarse, hace 20 años, ya Cuba llevaba 30 de totalitarismo. Por esto, su introducción en la isla ha estado totalmente limitada por los designios del régimen, con un obstáculo adicional: la pobreza generalizada y la pésima infraestructura de telecomunicaciones.
El ímpetu anti-red de Chávez descansa en dos pilares: crear leyes que penalicen los contenidos, y establecer un punto único de acceso a internet, controlado por el Gobierno, que sustituya los existentes en la actualidad, la mayoría en manos privadas. Ya se ha iniciado el camino en ambos sentidos.
Las acciones de Castro tienen típica factura totalitaria, con instrumentos múltiples: las computadoras son casi inaccesibles para la generalidad de la población; solo los extranjeros disfrutan de conexiones domiciliarias; se necesitan permisos especiales para ingresar a internet desde instituciones públicas; las tarjetas para utilizar los cibercafés de los hoteles deben adquirirse en dólares y en varias ocasiones su uso ha estado totalmente prohibido a los cubanos, aunque puedan pagarlas.
A todo lo anterior se añade la represión abierta contra quienes usen sus conexiones al margen de los límites, transmitan mensajes comprometedores o busquen información “indebida”.
Es difícil que, a pesar de sus intentos, Chávez logre someter la compleja red ya existente en Venezuela a los canales únicos del Estado, aunque insistirá en lograrlo.
Castro, sobre la base de la represión, ha tenido éxito en impedir su desarrollo en Cuba. Pero, aun así, ya existe un “mercado negro” de las conexiones a internet, que erosiona el control oficial. Cada vez son más los blogs, o bitácoras personales en la red, críticos del régimen. En el suyo, llamado Generación Y (www.desdecuba.com/generaciony), Yoani Sánchez, la “bloggera” cubana más famosa, enlista 34. La solidaridad internacional crece sin cesar. Y la oferta de más servicios por parte de compañías estadounidenses minará más el control.
En su batalla contra internet, Chávez y Castro cuentan con la fuerza de la asfixia represiva. Pero, precisamente, es eso lo que, en palabras de Julliard y Morillon, el crisol de la red ha sido tan eficaz en vencer.