Pasé el Año Nuevo en Sydney, viendo los fuegos artificiales que daban la bienvenida al 2009 desde el simbólico puente. Las explosiones de esa noche en Gaza no tenían como objetivo divertir sino destruir a Hamas y desacreditarlo ante los palestinos. Fue el recurso más reciente a una violencia terrible para resolver la forma de compartir en paz lo que los cristianos aún llaman la Tierra Santa. Mahatma Gandhi criticaba la justificación bíblica de la venganza, “ojo por ojo, diente por diente”. Decía que si se aplicaba hasta sus últimas consecuencias todo el mundo se quedaría ciego.
Mucho de lo que ha ocurrido era predecible. Han muerto más de mil 400 hombres, mujeres y niños y más de 4 mil han resultado heridos.
En primer lugar, Estados Unidos justificó el ataque de Israel y culpó de todo a Hamas, de la misma forma en que solía achacar toda la responsabilidad de cualquier cosa que saliera mal a Yaser Arafat y Fatah. En segundo lugar, pese a la deseable y muy prominente diplomacia del presidente francés Nicolas Sarkozy, Europa ha sido irrelevante, si no es que casi invisible. Como señalan los funcionarios israelíes, los europeos siempre buscan salir en la fotografía. El pacificador del Cuarteto, Tony Blair, muestra la misma insignificancia pedante de siempre.
En tercer lugar, como de costumbre, Israel ha acusado de antisemitismo a quienes se han atrevido a criticar su respuesta desproporcionada a los indefendibles ataques con cohetes de Hamas y su castigo colectivo a los palestinos.
El ataque mortífero contra Gaza se dio por coincidencia al mismo tiempo en que varios de los aspirantes a pacificadores del Medio Oriente estadounidenses más distinguidos publicaron libros sobre la forma adecuada de abordar la tarea. Todo parecía una serie de solicitudes de empleo –la guerra para los oídos del presidente Barack Obama.
Algo en lo que todos esos expertos pueden estar de acuerdo es que George W. Bush fue un desastre. La política estadounidense bien podía haberse diseñado en el cuartel general del Likud. Incluso al final, cuando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas votó sobre Gaza, Bush no dudó en humillar a Condoleezza Rice a petición del primer ministro israelí Ehud Olmert. Estos “sabios”, asesores todos del presidente Bill Clinton y otros presidentes parecen aceptar que, a fin de cuentas, el fracaso de la propuesta de acuerdo de Campo David en 2000 no se puede atribuir exclusivamente a Arafat.
El ex primer ministro israelí Ehud Barak debe cargar con su parte de la culpa. Además, todos critican la práctica utilizada en la era de Clinton de buscar sistemáticamente la aprobación de Israel para las posiciones de política de EU, lo que difícilmente ayuda a obtener la confianza o el apoyo de los árabes.
