Para tratarse de un gobierno que se casó hace 100 días de penalty y en el ayuntamiento, a la pareja Cameron–Clegg no le va nada mal. Parece respetuosa y bien avenida (se les compara con los cowboys enamorados de la película Brokeback mountain), no es nada timorata, hasta el punto de haber emprendido la mayor reforma de la economía y el estado del bienestar británico en varias generaciones, e incluso se ha permitido el inesperado lujo de una pequeña luna de miel con la prensa y el electorado. No en Tahití porque son tiempos de austeridad, pero sí en Benidorm.
Franklin Delano Roosevelt, posiblemente el mejor presidente estadounidense de la historia, pidió en los tiempos de la Gran Depresión que su administración fuera juzgada al cabo de 100 días, y desde entonces es un baremo que se aplica a gobiernos mucho menos notables que en realidad necesitan por lo menos 100 semanas para dejar su huella. En el caso de la coalición que manda en Gran Bretaña, ha salido de la parrilla a 200 por hora, pero es demasiado pronto para saber si llegará a la línea de meta o se le romperá el motor a mitad de carrera.
Los pronósticos agoreros de que las diferencias ideológicas entre conservadores y liberaldemócratas iban a hacer estallar la coalición en pocos meses han resultado infundados, a pesar de las tensiones desatadas por la decisión de recortar el gasto público hasta un 40% para equilibrar el presupuesto y evitar que el país se encuentre (como Grecia, Portugal o España) a merced de quienes especulan con los bonos soberanos en los mercados internacionales. De hecho, lo más extraordinario después de 100 días es la sensación de normalidad y el aumento de la expectativa de vida de un gobierno que puede completar sin traumas los cinco años de legislatura.
Al aristocrático Cameron hay que concederle el mérito de dirigir una administración discreta, de delegar con habilidad, de no buscar el protagonismo constante como Tony Blair y de no ser un paranoico obseso como Gordon Brown, de haber hecho concesiones a sus socios de coalición, de no ponerse todas las medallas y de no abusar demasiado de la demagogia.
En conducta, trabajo en equipo, inteligencia emocional, iniciativa, actitud y ambición, su primera nota es un notable alto. Pero todo ello no servirá de nada, por supuesto, si dentro de unos meses o años catea en justicia social y economía. Es decir, si la carga de la austeridad no se reparte equitativamente, los pobres sufren y los ricos ganan más. Si la sanidad y educación se deterioran. Si asume un paro crónico como una realidad inevitable mientras los bancos y multinacionales ganan dinero a espuertas y los recortes son tan excesivos que el país recae en la recesión.
Por el momento, sin embargo, la nave de la coalición viaja viento en popa a toda vela, y ha superado con creces un listón que sus predecesores habían dejado más a la altura de un campeonato regional de atletismo que de unos Juegos Olímpicos.
La política está llena de sorpresas, y una de ellas es que Cameron y Clegg (y lo mismo secretarios de Estado conservadores y liberaldemócratas que hasta hace poco casi no se conocían ni de cara) remen en la misma dirección a pesar de pertenecer a partidos rivales.