Hernán Rivera Letelier. El Cristo de Elqui, el que imaginó y creó Hernán Rivera Letelier en “El arte de la resurrección” (Premio Alfaguara de Novela 2010), me cae bien. No sé del verdadero Cristo de Elqui, ese del que escuchaba historias Hernán cuando era niño, ni tampoco sé del que escribió el poeta Nicanor Parra, solo conozco el de Hernán y con ese me basta porque me hace feliz.
El Cristo de Hernán es un tipo ingenuo, infantil, inocente, irresponsable y absurdo, pues se le ha ocurrido la peligrosa idea de ayudar a los otros, ya sea con sus luminosos y disparatados discursos o con sus nada convencionales recetas caseras de curación. Pero hace algo. ¿Cuántos de nosotros tendríamos el coraje, la valentía o la estupidez de dejarlo todo y vivir la vida sin paracaídas? ¿Cuántos de nosotros se atrevería a dejar una cómoda casa, un cómodo auto, un cómodo empleo y entregarse a la ingrata tarea de salvar al mundo? El Cristo de Hernán lo hizo por más de dos décadas. Quizás no lo logró del todo. A lo mejor recibió más burlas y ataques que bendiciones.
No es casto como quisieran los conservadores. Se saca los mocos cuando está tenso, lo que no está bien visto por los que saben de tontas reglas de etiqueta. No está pendiente del diezmo como quisieran algunos líderes religiosos convencionales, que se han hecho ricos a través de la fe de sus seguidores. El Cristo de Hernán hace lo suyo, lo que puede y lo que le dejan hacer los gobernantes, los empresarios, los escépticos, es decir, muchos hombres y mujeres como nosotros.
Con error y ensayo, con actos de locura y otros hechos desde la sensatez, las acciones de este peculiar siervo de Dios son honestas, en el sentido más primitivo de la palabra honestidad. El Cristo de Hernán no se parece al que me enseñaron en mis clases de catequismo, pero su condición humana, de metepata, de soñador, de señor enamorado de su puta beata, el que quiere hacer una película y grabar discos, ese me cae tan bien y sé que el Hijo de Dios, donde esté, lo mira con cariño y hasta quizás con admiración porque sabe que, a su estilo, este Cristo de Hernán es de los suyos.
