Crónicas del istmo Las obras de Jiménez

Dentro de las obras de gobierno de Enrique Alfonso Jiménez podemos mencionar la construcción del Hospital Nicolás Solano ubicado en La Chorrera, destinado originalmente para atender los enfermos de tuberculosis y su apoyo a la edificación del Hospital de El Niño.

La promulgación del primer Código de Trabajo de la República, y especialmente su impulso a una política urbanística cuyo más importante logro fue primero la construcción de la Barriada de Bethania, como un modelo destinado a resolver el problema de la vivienda, para personas de la clase media.

Existen varias anécdotas de su vida pública, muy ilustrativas para darnos una visión de su carácter y personalidad. Nosotros nos referimos a un hecho histórico muy conocido.

Al finalizar su mandato presidencial, la Convención Nacional Constituyente, ya convertida en Asamblea Legislativa, empezó a fraguar un golpe parlamentario con el único propósito de extender su período por un cuatrienio adicional.

En primera instancia la conspiración se originó en los cuarteles con el conocimiento del comandante de la Policía Nacional, José Antonio Remón, a quien convencieron de que apoyara el movimiento político que escogería como próximo presidente de la República a Enrique De Obarrio, su cuñado, y quien fungía de contralor general de la República.

Los conspiradores se valieron del apoyo de muchos otros colaboradores, entre ellos los diputados Diógenes De La Rosa y José Isaac Fábrega; este último había fungido como candidato presidencial durante los comicios de mayo de 1948 y con ellos, Carlos Sucre Calvo, ministro de Estado, Ricardo Manuel Arias Espinosa y Joaquín J. Vallarino.

Tras el proceso electoral que culminó en mayo de 1948, el Jurado Nacional de Elecciones había otorgado las credenciales presidenciales a Domingo Díaz Arosemena en contra de las aspiraciones de Arnulfo Arias, quien reclamaba el triunfo acusando de fraudulentas las elecciones. Existía un estado de frustración en la ciudadanía, porque era un hecho inocultable que se trataba de un proceso electoral muy vulnerado, gracias al apoyo decidido de los cuarteles.

La Asamblea Nacional, que había sido convocada a sesiones extraordinarias por el Organo Ejecutivo, decidió reunirse secretamente en la madrugada del día 12 de julio de 1948 para fraguar el golpe parlamentario contra el jefe del Estado.

Sin embargo, en las mismas horas, Enrique A. Jiménez, con mucha habilidad, logró citar a su despacho al coronel Remón, comandante jefe de la Policía, a quien hizo reunir en un cuarto cerrado con Jacinto López y León.

La charla, que se prolongó por varias horas, fue amenizada desde el principio con abundante licor, a los que eran muy adictos ambos personajes. Los diputados que planeaban el golpe creían mientras tanto que estaban decidiendo la suerte de la República.

Pero llegó un instante de suprema decisión cuando se colocó la banda presidencial a Enrique de Obarrio y este pronunció el discurso y juramento de rigor.

Se designó de inmediato una comisión para que se entrevistara con Jiménez para comunicarle su destitución. Pero en un instante alguien preguntó....¿Y a dónde está el Coronel Remón? ¿A dónde se ha metido?

Cuando se presentó la Comisión Legislativa, con Enrique de Obarrio, para comunicarle su desplazamiento al presidente Jiménez, este hizo comparecer a su lado al coronel Remón, ya pasado de tragos, y junto a él a los otros dos Comandantes de la Policía, quienes le reiteraban su respaldo.

Remón, puesto en evidencia frente a una decisión trascendental como esta, expresó su apoyo irrestricto al presidente Enrique Adolfo Jiménez, dejando en el aire los planes revolucionarios de los conspiradores.

Nos remitimos a la versión del propio presidente Jiménez, quien nos dice en sus Memorias : “Debo declarar que mi sorpresa fue grande cuando entre el número de los que invadían en ese momento la Presidencia distinguí a personas muy vinculadas a mí por el afecto personal, y por ocupar una posición de confianza dentro del gobierno que presidía, muchos de los cuales eran los dirigentes de la conspiración, quienes pretendían entrevistarse conmigo para informarme de sus incalificables propósitos. La célebre e histórica entrevista fue relativamente corta, ya que yo, categóricamente, les manifesté que no renunciaría a mi cargo”.

A las 24 horas de este hecho, el presidente Jiménez, pasando por alto estos incidentes, como si nada hubiese acontecido, convocó al Consejo de Gabinete para solicitar al contralor Enrique de Obarrio un informe sobre el Presupuesto Nacional. Obarrio continuó en su cargo, sin que en los días sucesivos el jefe del Estado volviese a hacer alusión alguna a su participación en el movimiento golpista.

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