Empieza uno a preguntarse, de repente, cuánto le quedará de vida. La pregunta es bastante tonta por razones obvias y no suele ser frecuente, pero no se puede evitar echar cuentas de vez en cuando. Aunque no obtengamos respuesta, que tampoco la queremos, sirve para que, a modo de cadena, nos hagamos otras que sí tienen contestación.
A los jóvenes estos planteamientos les suenan a arameo, pero terciados los 60, el asunto cambia. Junto a los planes de futuro inmediato –la cosa ya no da para deshojar la margarita–, nos cuestionamos sobre si hemos llegado a donde queríamos llegar, si hemos sido fieles a los principios, buenos padres, buenos hijos o buenos amigos, y aunque la respuesta será unas veces que sí, otras que no y aun otras que depende de por dónde se mire, sirve, no obstante, como referencia para andar el camino que tenemos por delante.
Lo cierto es que esta edad puede ser deliciosa si los días se llenan de actividades gratificantes, seleccionadas según el criterio personal, a pesar del reto que supone conservar un espíritu aún joven y un cuerpo al que le empiezan a salir goteras si es que no hace aguas por alguna esquina. Las reuniones con los amigos de siempre, por ejemplo, ya no son lo que eran. Son distintas, quizá mejores. Es verdad que ni comemos ni bebemos como antes y que las cenas son sanas y ligeras, y si no fuera por las cajitas de medicamentos que aparecen a los postres –unos para la tensión alta, otros para el reuma– nadie diría que nos vamos haciendo mayores sino que llevamos una dieta equilibrada. Tampoco fumamos. Para estar en onda. Para no contaminar. Aunque la razón sea que nos cuesta subir escaleras con humo en los pulmones.
Además, nos hemos hecho más solidarios. Escuchamos impertérritos al que repite siempre el mismo cuento, y no nos impacientamos con el que no recuerda el nombre de la persona que preguntó por nosotros, ni con el que ha olvidado cómo termina el chiste que está contando ni con el que se traba a mitad de la frase, aunque en estos casos siempre hay algún desalmado que pregunta: ¿se acuerdan de cuando éramos capaces de hablar todo seguido, de un tirón?
Porque hablar sí hemos hablado. De política, de religión, de sexo, de cine, de libros, del papel del hombre y la mujer en la sociedad, de educación, de economía… aunque las charlas se convirtieran a menudo en vehementes discusiones suavizadas siempre por el humor. Luego, cuando ya clareaba y una vez arreglado el mundo, cada quien se retiraba más convencido que nunca de sus ideas.
Aún conversamos, y mucho, pero ciertos temas ya no se tocan. O se tocan de pasada para acotar imprecisiones que alguien suelta a ver si cuelan. Los años han afianzado los conceptos, especialmente en política, pero los conceptos difieren, y la amistad es tan valiosa que no merece la pena herir susceptibilidades. Nos hemos hecho tolerantes.
No obstante, siempre hay de qué hablar. Y conversamos del futuro, nosotros, que de vez en cuando echamos cuentas sobre cuánto nos quedará de vida. O precisamente por eso. Ocurre que el futuro se ha convertido en presente y hay que roerlo hasta la médula antes de que nos lo arrebaten. Se puede estar en desacuerdo en temas tópicos, pero se puede coincidir en el empeño de vivir. Los traumas juveniles están superados; las zozobras de la profesión aplacadas; los grandes amores, consolidados o en el sueño del olvido; los hijos, responsables ya de su vida, pero nos queda el tiempo para disfrutarlo y nos queda la libertad. Una libertad coartada tan solo y voluntariamente por las exigencias del afecto.