En realidad sólo iba a ser un acto rutinario. Robert Zollitsch quería informar al Papa sobre los temas abordados durante una reunión de los obispos alemanes. Pero las montañas de informes y testimonios sobre abusos sexuales y maltratos no dejaron otra elección a Benedicto XVI: tuvo que contemplar dolorosamente cuál es la dimensión de la crisis que amenaza con hundir a su Iglesia y también a su hermano Georg Ratzinger como ex director de la escuela de niños cantores de Ratisbona.
La receta de Benedicto es ahora apoyar decididamente a los obispos, hacer frente de forma “valiente” a ese escándalo y reforzar aquellos instrumentos que puedan evitar posibles casos futuros. Los obispos están seguros de poder hacerlo por cuenta propia.
Hace pocas semanas Benedicto tuvo que pedir a los obisposirlandeses que acudieran a Roma para decirles después del escándalo que el abuso de menores de edad detrás de muros eclesiásticos es un “crimen abominable”. Ahora el cometido era buscar junto con Zollitsch vías para restablecer lo antes posible la imagen fuertemente dañada de la institución moral que es la Iglesia.
“Nos anima a que continuemos consecuentemente por la senda del esclarecimiento íntegro y rápido”, resumió Zollitsch, que salió “reforzado” de las conversaciones en Roma.
El calendario quiso que la reunión de crisis en el Vaticano tuviera lugar exactamente 10 años después de la histórica “confesión de la Iglesia católica” en el palacio apostólico. El 12 de marzo de 2000 el antecesor polaco de Benedicto XVI Juan Pablo II se arrepintió y lamentó arrodillado ante una cruz los pecados cometidos por los “hijos de la Iglesia” en dos milenios.
Hoy fue el presidente de la Conferencia Episcopal Alemana el que pidió (de nuevo) disculpas a todos aquellos que en parte sufrieron hace ya tiempo en instituciones de la Iglesia.
Con su llamamiento a la tolerancia cero, a la transparencia y a estrategias preventivas contra el abuso en su Iglesia, Benedicto tiró del freno de emergencia. Sin embargo, en caso de que el oscuro pasado salga a la luz en un país detrás de otro, como por un efecto dominó, la tarea del pontífice se transformará en un esfuerzo sobrehumano.
Hace dos años mostró su postura con nítida claridad: Benedicto se reunió en Estados Unidos con las víctimas de sacerdotes pedófilos y llamó avergonzado a la Iglesia estadounidense a acometer una “purificación y renovación”. Y cuando hace un mes solicitó que los 24 obispos irlandeses acudieran al Vaticano para abordar los miles de casos de abusos, el objetivo era ya ayudar a las víctimas, limitarfuturos casos mediante unaformación sacerdotal controlada y que la Iglesia recuperase su credibilidad.
Ahora la Iglesia está en el punto de mira en diversos países en los que ya soplan de todas formas vientos seculares. La Iglesia se ve abocada a una crisis de creencias y para colmo estalla el escándalo de los abusos sexuales.
¿Abolir el celibato y alejarse de una estricta moral sexual? El pontificio conservador considera que los reformistas de la Iglesia pretenden lanzar la soltería de los sacerdotes al basurero de la historia de la Iglesia. Y opina que el cardenal vienés Cristoph Schönborn debe desmentir los titulares en la prensa, según los cuales puso en entredicho el controvertido celibato.
El debate está servido, avivado por la búsqueda de las causas de la ola de abusos. El cardenal Claudio Humme quiere superar esta tormenta: “El celibato no es un regalo del Espíritu Santo que debe vivirse con convicción y alegría, en la relación universal con el señor”.
Para Joseph Ratzinger en esta cuestión crítica el celibato es un valor “sagrado” de la Iglesia.