El juez instructor de uno de los episodios narrados por García Márquez queda tan perplejo por el discurso comunitario alocado y absurdo sobre un asesinato notorio, que decide escribir en el margen del sumario este proverbio fulminante: “Dadme un prejuicio y te moveré el mundo”.
Nuestros expedientes y la realidad cotidiana están tan llenos de absurdos, no solo aquella de las magistraturas y de los tribunales, que a uno se le ocurre pensar que estamos produciendo un guión fundamentado en las manifestaciones del ilustre latinoamericano, que aquel recogió en el patio sus decires o que se está dibujando aquella expresión de uno de los mayores teóricos contemporáneos patrios, cada día más inamovible en Miami: “Somos los costeños de Colombia”.
El diagnóstico cuasi aritmético del juez sobre su comunidad implica un alarido por su ansia de conocimiento. La verdad y el conocimiento están reñidos con el prejuicio, que es aquella opinión en borrador, por lo general desfavorable, y sobre algo que se conoce mal. La palabra ya está prejuiciada. Es un juicio previo. Sin encuesta, sin investigación, sin soporte científico. Es la opinión como Dios la trajo al mundo.
Este vecino famoso se inspiró en el refrán de Arquímedes el matemático, que, en un arranque de entusiasmo, retó: “Dadme una palanca y moveré el mundo”. El conocimiento al servicio de la verdad, del entendimiento, del progreso. En las antípodas, está la expresión del melancólico juez, y habrá que entender que se trata de una escaramuza literaria para evidenciar la permanente lucha entre luz y oscuridad.
Después de una entrevista en el programa de radio que dirijo, en KW Continente, a una de las protagonistas de un beso público entre mujeres, recibí un escrito de censura, con sus comas bien puestas, a cargo de una señora que llega a mencionar a mi querida doña Carmen por mi derecho de haber invitado al espacio a Valentina.
La descalificación centra la nota, y los argumentos, bien gracias.
La detención de las mujeres está rodeada de un rosario de abusos y amenazas, que son intolerables en la sociedad en la que vivimos y que todos estamos construyendo. Como la autora de la nota, muchas personas creen que los policías y otras autoridades que cometieron esos maltratos tienen indulgencia plenaria, porque se trataba de dos seres despreciables por besarse en público siendo del mismo sexo.
El prejuicio coloca unas enormes anteojeras y se deja que el abuso policial, acreditado con su propia ley, siga creciendo. Y se colocan los faroles en una práctica que se considera intolerable y, de paso, queda Dios en el baile, pues se alegan preceptos bíblicos, cuando no se necesita ser un experto para entender que el Libro Sagrado recoge incidencias de distintas naturaleza y género.
Una plaga terrible es el prejuicio. Ella se sobrepone, incluso, a valores cincelados con pasión por nuestros abuelos y padres, como la solidaridad y el respeto.
Hacer. Verbo que habría que poner en cuarentena. Separado del glicol de dietileno. Puede ser transitivo o intransitivo; personal o impersonal. Como impersonal, significa que ha transcurrido cierto tiempo de algo: Hace cinco días operaron a la abuela. En situaciones como esas de por sí no se refiere a persona y además marca que la situación se suscitó en el pasado. No hay que subrayar que la acción fue pretérita. Son incorrectas, por tanto, las expresiones “hace cinco días atrás” o “hacen 13 años de esa tragedia”. Lo correcto: “hace cinco días” (el ‘hace’ indica es que es una frase pretérita, y es un vicio adicionarle ‘atrás’) y “hace 13 años” (‘hace’ señala que es un verbo impersonal, que debe conjugarse en tercera persona del número singular).
