Gracias a la invitación de un foro de debates madrileño, el de la Nueva Economía, tuve hace poco la oportunidad de asistir al encuentro dialéctico mantenido entre el embajador de Israel en España, Rafael Schutz, y el delegado general de la Autoridad Palestina –con rango también de embajador– Musa Amed Odeh, para tratar, cómo no, del conflicto de Gaza.
Por más que los organizadores quisieron mantener un equilibro exquisito de tiempos y formas, tal balanza exacta era imposible. Ni España es de una neutralidad escrupulosa en el conflicto entre judíos y árabes ni la gran mayoría de los asistentes, elegidos por los organizadores como representantes de la opinión pública o del poder civil, podía ocultar en sus caras una más que declarada animosidad contra las operaciones del Ejército de Israel en Gaza. El embajador de ese país lo sabía. Basó su discurso –pronunciado en un impecable castellano– en la aceptación de tales hechos y, haciendo de su capa un sayo, quiso transmitir el mensaje de que en el Oriente Próximo hay una guerra, que en las guerras se producen víctimas civiles y que, pese a ello, ni el objetivo es causar tales daños ni son ellas, las víctimas, el enemigo a batir.
Como cabe imaginar, fue un diálogo de sordos. Ambos representantes llevaban su discurso aprendido de antemano y, por más que se pactasen cuatro bloques de discusión, en realidad el esquema no se apartó ni un ápice de lo previsible: reiteración de los argumentos sabidos de unos y otros. Los asentamientos judíos ilegales, el muro de cierre de Cisjordania, la desproporción de medios de castigo, la asfixia de un Estado palestino en embrión, la actividad terrorista de Hamas, su posición actual hegemónica gracias a unas elecciones en las que los palestinos les dieron su confianza, los miles de cohetes lanzados contra Israel desde su retirada de Gaza, los atentados suicidas, la voluntad declarada por Hamas de borrar a los judíos del mapa. En realidad se trataba, pues, de un debate a tres bandas en el que el tercer protagonista, Hamas, estaba ausente. Una pena porque, como es obvio, el conflicto no es tanto entre la Autoridad Palestina e Israel, sino entre este país y los fundamentalistas de Hamas. Da la impresión de que, pese a la historia de guerra continua en el pasado de los judíos contra Al Fatah, con ellos cabría una posibilidad de acuerdo. Pero de manera harto significativa, apenas se trató en el debate del hotel madrileño el alcance de la tregua alcanzada. El desánimo al respecto fue de las pocas cosas compartidas.
Dos apuntes dignos de recordar. Amed Odeh vinculó –abandonando el árabe para usar una mezcla de castellano y portugués– la situación de los palestinos al propio drama de Jesucristo, palestino él también. Schutz, bien brillante en su discurso, aseguró que de quien es más enemigo en realidad Hamas es de los ciudadanos de Palestina. Ojalá que el conflicto se mantuviese solo entre Schutz y Odeh. Habrían hallado una solución en poco más de la hora justa que duró el debate.
