Vaclav Havel, el dramaturgo y ex presidente de la República Checa, denunció esta semana el contrasentido que implica convocar a una elección supuestamente “democrática”, cuyos resultados fueron previamente negociados y de la que resultarán electos candidatos cuya insolvencia para ocupar el puesto es ampliamente reconocida. Y, aclaro, en esta ocasión, el ex presidente checo no se refería a las reelecciones de Hugo Chávez ni a su “democrática” revolución bolivariana. La elección a la que se refería Havel es la que tuvo lugar esta semana en Naciones Unidas para seleccionar a los miembros del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
Las aristas del problema que Havel plantea son muchas, entre ellas, un profundo cuestionamiento a la validez de un sistema de selección que es incapaz de atraer suficientes candidatos para llenar las vacantes existentes. Le indigna, y no sin razón, que las candidaturas se negocien en los distintos bloques regionales sobre la base de la conveniencia haciendo a un lado los principios. “Yo voto por ti en este comité y tú votas por mí en este otro y no importa el tema”; le irrita que no se tome en cuenta el expediente en materia de derechos humanos de los países que aspiran al puesto; le mortifica que países democráticos de Europa del este, de Asia y de América Latina se hagan cómplices abierta o implícitamente de países que son los principales violadores de los derechos humanos.
Cómo aceptar, por ejemplo, que un país como China en el que el gobierno controla todos los poderes y se atribuye la potestad de “re-educar” a los ciudadanos valiéndose de campos de trabajo, detenciones arbitrarias, confesiones forzadas y tortura; que un gobierno que persigue a los defensores de los derechos humanos en su propio territorio gane, mediante una negociación, un lugar en un Consejo que debe investigar acusaciones de torturas en otros países.
A quién se le puede ocurrir que Cuba, el único país en América Latina en el que se prohíbe disentir con el régimen en asuntos políticos, económicos y sociales; donde se promulgan leyes para silenciar a los críticos del gobierno; donde se hostiga, intimida o encarcela a los periodistas que no están al servicio del gobierno, pueda juzgar, desde el Consejo, a países que, a su juicio, deberían ser llevados ante la justicia por violar los derechos humanos básicos de sus ciudadanos.
Los cuestionamientos de Havel, un hombre que luchó contra el totalitarismo y por la restauración de la democracia en su patria, no se agotan en la fallida elección del Consejo de Derechos Humanos en la ONU. La mayor preocupación de Havel es la persistencia de las llamadas democracias iliberales en países en los que el pueblo ha elegido sus gobernantes en un proceso más o menos democrático, pero donde no existe el estado de derecho, no hay separación real de poderes y no existen los mecanismos institucionales para proteger las libertades básicas de los sistemas democráticos clásicamente liberales: libertad de expresión, de prensa, de asamblea, de religión y de propiedad. Y menos aún se respetan los enunciados fundamentales de la doctrina económica liberal que plantea el mercado libre, el libre comercio.
No se trata de poner en duda virtudes esenciales de la democracia como son las elecciones abiertas, libres y justas. Pero no basta con eso. “El gran legado de la civilización de occidente” escribió Fareed Zakaria, “es la protección de la dignidad y la autonomía del hombre contra todo tipo de coerción, venga de donde venga: del Estado, de la iglesia, de la sociedad”.
Hoy, en la mitad de los países que están entre la dictadura y la democracia consolidada se vive una democracia a medias y en la mayoría de estos, las violaciones a los derechos humanos son un acto cotidiano.
Este es el tema de fondo en la apasionada defensa de los derechos humanos que Havel planteó esta semana a propósito de la elección de esta semana en Naciones Unidas.