Junto a Amnistía Internacional, Human Rights Watch es la organización no gubernamental más prestigiosa en el monitoreo de los derechos humanos y las denuncias contra sus agresores. Por esto, su Informe mundial 2010, divulgado hace pocos días, es un sólido compendio de información y una autorizada fuente de análisis al respecto.
En él aparece una única buena noticia: la creciente eficacia de los grupos independientes, nacionales e internacionales, para documentar y exponer las violaciones a la dignidad individual en todas las latitudes.
Sin embargo, esta creciente acción no ha evitado que las agresiones se mantengan como una constante alrededor del mundo y, más bien, ha hecho que sus responsables la hayan emprendido contra las organizaciones defensoras de los derechos humanos.
Aunque los casos más dramáticos y aberrantes ocurren en países de otros continentes, como Yemen, Sudán, Corea del Norte o Turkmenistán, el nuestro no es una buena excepción. Porque en él proliferan acciones que van desde la represión sistemática como eje de la acción estatal, en Cuba, hasta excesos de grupos e instituciones en democracias funcionales, como Brasil.
En el medio, existe una gran diversidad y grados de amenazas y atentados.
Con abundante respaldo fáctico, el informe, de 612 páginas, pasa revista a la situación en 90 países. En América Latina, pone énfasis en Cuba, Venezuela, Colombia, Guatemala, Honduras, México y Bolivia, pero sin olvidar desafíos específicos en otros, como Argentina, Brasil, Chile y Perú.
Además, incluye tres capítulos temáticos globales, dedicados al maltrato a los pacientes, la situación de los migrantes, y la protección de la población civil del Medio Oriente frente a los grupos armados.
En nuestro hemisferio, Cuba se mantiene como el caso más dramático y ofensivo a la conciencia.
El traslado de la cúpula máxima del poder de Fidel a Raúl Castro no ha traído ninguna mejora apreciable. Por esto, el documento lo define, acertadamente, como “el único país de América Latina donde se reprimen casi todas las formas de disenso político”, con un gobierno que “se niega a reconocer la legitimidad de cualquier organización independiente de derechos humanos”.
Además, el régimen ha logrado manipular el juego de intereses que domina el cada vez más deslegitimado Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, para evitar condenas en su contra. Sobre Venezuela, el informe denuncia el control del Poder Judicial por parte del Ejecutivo, la debilitación sistemática de la libertad de expresión, de la sindical y de la acción de los grupos de la sociedad civil; también, los abusos policiales y las condiciones carcelarias, que están “entre las más deficientes del continente”.
En su vecina Colombia, otra índole de hechos dibujan la situación. En primer lugar está la acción de narcotraficantes, las guerrillas y los paramilitares, junto a excesos de cuerpos de seguridad oficiales. Pero a esto se añade, como una amenaza para la independencia institucional, los intentos del presidente Álvaro Uribe por enmendar la Constitución para reelegirse por segunda vez consecutiva.
En Guatemala, resalta la acción creciente del crimen organizado en un ambiente de impunidad e incapacidad del Estado; en México, los abusos de distintos actores en el marco de la lucha contra el narcotráfico; en Honduras, las medidas del gobierno de Roberto Micheletti para tomar control tras la destitución de Manuel Zelaya, y en Bolivia, la precaria institucionalidad, la impunidad y los enfrentamientos entre grupos, algunos de ellos instigados desde el Gobierno.
Que muchas de las violaciones en América Latina, aunque no las más graves, se den en países con democracias relativamente sólidas, indica cuánto tenemos que avanzar aún en la depuración institucional y la acción de un verdadero estado de derecho.
Sin embargo, la despiadada actitud de un régimen como el de Castro, y su emulación (aún incompleta) en Venezuela, recuerda algo aún más básico: la necesidad de presionar por un cambio en la isla, para que la anulación de los derechos fundamentales deje de ser política de Estado.