A partir de esta semana, cuando arranca la reconversión laboral emprendida por Raúl Castro, los más de cuatro millones de funcionarios que copan la población activa de Cuba se dividen en dos clases: Los idóneos y los disponibles. Son los términos elegidos para designar, respectivamente, a los que mantendrán el puesto de trabajo y a los que serán despedidos: 500 mil empleados de aquí a marzo y casi un millón más en los tres años siguientes. Las informaciones oficiales sobre la reforma están resultando un admirable ejercicio de acrobacia lingüística.
El diccionario que las autoridades han acuñado para explicar los cambios se refiere tanto al cese de funcionarios, la parte desagradable, como a la paralela estimulación del empleo en el hoy minúsculo sector privado, aquí llamado no estatal. Para dar salida al personal sobrante, el Ejecutivo autorizará cientos de miles de negocios, aunque no los llama así, habla de actividades.
Si nos atenemos al vocabulario oficial, Cuba no incorporará dosis de capitalismo a su sistema, como en rigor podría decirse, sino que afrontará una “actualización del socialismo”. Y no dará cabida a los asalariados, sino a trabajadores contratados pedidos por los trabajadores por cuenta propia para laborar con ellos.
El recurso al eufemismo, la paráfrasis y el circunloquio es el complemento perfecto a los mensajes de tranquilidad con que los medios suavizan las malas noticias de la reforma, como las relativas a los nuevos impuestos y a la reducción de las indemnizaciones por desempleo. “Cuba no dejará a nadie desamparado”, titulaba Granma su información del martes al respecto. El órgano del Partido Comunista cubano subrayaba la posibilidad de reclamar contra posibles abusos y de elegir a los comités de expertos que asesorarán a los jefes a la hora de decidir quién es idóneo y quién disponible.
La lista de las 178 actividades autorizadas para el ejercicio del trabajo por cuenta propia es ya un súper éxito. Hay regocijo ante las nuevas oportunidades, pero también cierto pitorreo por los nombres que, con precisión a menudo extrema, designan algunas de las figuras reconocidas. Es el caso del forrador de botones, el desmochador de palmas o el cuidador de baños, oficios tanto o más especializados que el de zapatero remendón.
La lista incluye un apartado de figuras costumbristas, desde el dandy y la cartomántica hasta la peluquera peinadora de trenzas, pasando por el pelador de frutas. Se sabe que ellos son personajes de animación en las zonas turísticas. Lo que se entiende menos es que el mismo epígrafe incluya licencias específicas para el dúo de danzas Amor, la pareja de baile Benny Moré y el dúo Los amigos. ¿Quedan fuera los demás músicos que pueblan los centros históricos de la isla? No son esas los interrogantes sobre la reforma laboral que más inquietan a los cubanos, pero sí las que alimentan la parte animada de sus conversaciones.