Robert McNamara, el hombre de sangre y mirada fría, así como rígido intelectual, enviado al frente por Lyndon Johnson para una guerra que destacó a miles y miles de personas (en su mayoría jóvenes) a sus muertes completamente sin sentido, murió a la madura edad de 93 años.
Mucho después de que hubiera terminado el horror de Vietnam, concedería McNamara, en declaraciones que fueron como sal sobre las heridas aún abiertas de los seres amados de aquellos que habían muerto; él había estado equivocado, terriblemente, equivocado con respecto a la guerra. Yo no sentí, sino desprecio total hacia su concesión.
Recuerdo cuando recibí mi aviso de conscripción a mediados de los años de 1960, a medida que la acumulación militar de Johnson para la guerra avanzaba de lleno. No estoy seguro de qué esperaba. Probablemente, que los otros reclutas serían un grupo rudo, que todos se parecerían a John Wayne. Quedé asombrado el primer día de entrenamiento básico en el Fuerte Dix, en Nueva Yérsey, al formar parte de una variopinta congregación de muchachitos mayormente flacos y asustados, los cuales se parecían a los tipos con quienes yo había estudiado la preparatoria. Ellos, esencialmente, se parecían a mí.
Ese tipo de personas fue enviado a Vietnam en grandes números; jovencitos de 18, 19, 20 y 21 años de edad. Muchos, por supuesto, morirían allá y muchos otros regresarían marcados para siempre.
Johnson y McNamara deberían haber estado cuidando de esos jovencitos, que no sabían nada de geopolítica o por qué los estaban convirtiendo en asesinos entrenados que, les aseguraban, eran capaces de acabar de tajo y a sangre fría con el enemigo... “¡buen tiro!”... y después relajarse y fumar un Marlboro. Muchos terminarían sollozando en el campo de batalla, llorando y preguntando por sus mamás con sus últimas inhalaciones. O temblando de manera incontrolable, mientras veían atentamente cómo sus amigos, bañados de sangre y cubiertos de suciedad, se desangraban ante sus ojos a veces en sus brazos.
Fui afortunado. El Ejército me envió a Corea, que no fue un día de campo en lo más mínimo, pero no fue Vietnam. Serví en la oficina de inteligencia de un batallón de ingeniería. Sin embargo, nadie pudo escapar realmente de la guerra. Solía recibir cartas de casa que me hacían un hoyo en el corazón, cartas en las cuales me informaban que este amigo había terminado muerto, que aquel otro había perdido la vida, que un muchacho con el que yo había jugado fútbol americano o softbol, o con el que había ido al campo de tiro de rifle había sido muerto.
¿Para qué? McNamara no lo sabía. El novio de mi hermana recibió un balazo. Un amigo muy cercano regresó de Vietnam tan dañado, psicológicamente, que mató a su esposa y después se suicidó.
La lección más difícil de aceptar para la gente en el poder es que las guerras son empresas, incesantemente, horrendas que masacran a personas de manera despiadada y, por tanto, deberían acometerse solo cuando sea, absolutamente, necesario.
McNamara, resulta, se había dado cuenta desde el comienzo de que Vietnam era una causa perdida, pero mantuvo esa crucial información muy cerca de su pecho, como un apostador que intenta abrirse paso con blufs cuando tiene una mano mala, a medida que Estados Unidos siguió enviando a decenas de miles a su destrucción. ¿Cómo, en nombre de Dios, pudo volverse a ver a sí mismo en el espejo?