Cuando el escritor alemán Gunter Grass contó en Pelando la cebolla, autobiografía publicada en el 2007, que había pertenecido a las juventudes hitlerianas, se armó un revuelo considerable. Picada por la curiosidad, y porque es uno de mis autores preferidos, leí el libro. Entendí entonces que la polémica era exagerada y que perseguía llenar titulares más que otra cosa, porque el hecho de que Grass no trate en momento alguno de justificar su pertenencia, sino que cuente la historia –la suya– tal y como se presentó, deja claro que en los momentos políticos que se vivían en Alemania y con la información sesgada que proporcionaba el régimen, aquello podía considerarse normal.
Durante la dictadura franquista, en España no había juventudes hitlerianas, pero había un Frente de Juventudes adscrito a la Falange, que cumplía los mismos cometidos de adoctrinamiento valiéndose de actividades deportivas, culturales, caritativas o recreativas. Por muy revolucionaria y progresista que fuera después mi generación, que levanten la mano los que, de adolescentes, no estuvieron involucrados de una u otra forma en ellas. Aparte de que no pocas eran obligatorias en el programa escolar.
Otro asunto es que más tarde, con suficiente perspectiva histórica e informados en otras fuentes, los pueblos examinen su pasado y se sonrojen de vergüenza.
Pero quedan aún en el mundo dictaduras en toda regla, lo que equivale a decir que quedan en el mundo tiranos y pueblos sometidos que hacen o harán su revolución y que tendrán a su vez oportunidad de renegar de su pasado. El perfil del tirano es, siempre y en todo lugar, el mismo: sube al poder tras un golpe de Estado o una revuelta contra un gobierno opresor o una clase dominante, se gana el favor de las gentes con artes demagógicas y populistas, se erige en salvador de la patria, manipula leyes y constituciones e instala en el país la dictadura pertrechado tras unas armas compradas a otras dictaduras o a gobiernos democráticos –que se las venden sin empacho alguno por aquello de que todo país tiene derecho a defender su territorio–. En ocasiones, incluso, asume el poder por medio de elecciones más o menos limpias –siempre menos que más– y con semejante patente de corso, ya no hay modo de deshacerse de él.
En el terreno personal, el tirano tiende al histrionismo y a la demencia –no hay más que ver a Gaddafi o a Chávez en acción– se procura el culto a su persona, acumula unas buenas ganancias que deposita en el extranjero y logra que se le concedan honores y condecoraciones internacionales (es noticia reciente la que acaban de otorgar a Hugo Chávez en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina).
De cualquier forma, va en contra de las reglas más elementales del raciocinio que seres estrafalarios tengan tanto poder y por tanto tiempo. ¿O hay que estar loco para ser adicto al poder? Sin embargo, queda aún otra pregunta: ¿Por qué los pueblos se dejan engañar? Está el miedo, y la represión, y el adoctrinamiento y la censura, pero antes de que todo ello se instale, en ese período de gracia que sigue al golpe de Estado o a la revolución (recordemos cómo fue recibido Fidel Castro en La Habana tras su preparación en Sierra Maestra) los pueblos se entregan, narcotizados e indolentes, al poderoso y le entregan también su destino. Cuando quieren despertar es demasiado tarde.
Quizá en la memoria colectiva subsista la idea –defendida por Mahoma y San Agustín, por mencionar dos figuras clave del mundo musulmán y del cristiano respectivamente– de que el poder es conferido al gobernante directamente por Dios. Cuando “el enviado” se convierte en un cruel y despótico tirano, entonces es preciso iniciar una nueva revolución de impredecibles consecuencias. Hay que intentarlo, no obstante. A pesar de las muertes y a pesar de la ruina que eso conlleva. El reino del gobernante es de este mundo. Y sus únicos dioses, el país y el pueblo de los que emana su poder y a quienes debe sumisión.