Aquello que comenzó en Túnez y que obligó a la salida intempestiva de Ben Alí después de 23 años de sustentar el poder de manera autocrática, muy pronto contagió a Egipto, uno de los principales aliados de Estados Unidos en el Medio Oriente.
Es así como durante las últimas semanas hemos sido testigos de la más importante revolución de carácter social que haya vivido un país árabe desde cuando al final de los años 70, la presión popular obligó en Irán a su monarca, el sha de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, a dejar el poder y salir del país con su familia en busca de un reconocimiento internacional que solo le sirvió para continuar asistiendo a eventos sociales de la realeza europea.
Podríamos decir que en aquella ocasión se trató de una revolución cuyos móviles fueron políticos y religiosos, además instigados por un poderoso y mesiánico líder espiritual, el Ayatollah Khomeini, quien a la postre como líder supremo de Irán terminó controlando el régimen e imponiendo un sistema de gobierno mucho más cerrado y autoritario que el vivido hasta entonces.
En esta ocasión, las cosas son diferentes. El pueblo egipcio, hastiado de un régimen autoritario que se limitaba a ofrecer reformas económicas y sociales que jamás se cumplieron, salió a las calles a exigir ya no la puesta en marcha de dichas reformas, sino la salida inmediata de su gobernante, el todopoderoso Hosni Mubarak, presidente desde 1981 en ese histórico, enigmático pero empobrecido país que es Egipto, y quien hoy, sin tener muchas salidas a la crisis que enfrenta, renuncia y entrega el poder a las Fuerzas Armadas.
Lo cierto es que mas allá de las demandas legítimas de mayor justicia social, provenientes de un pueblo cuyo 50% de la población vive con menos de dos dólares diarios, son unos pocos los beneficiados que transitan a diario frente a los ojos de una mayoría empobrecida, harta hoy de ver un abuso de poder y un derroche propio de las épocas faraónicas.
Mientras tanto, nosotros nos preguntamos acerca de las consecuencias del desenlace. ¿Seguirá contando Estados Unidos después de Mubarak con un gobierno tan amigo como aliado, que le permita continuar controlando la región y seguir evitando así el crecimiento de un poder musulmán de corte más fundamentalista, que podría poner en riesgo no solo los intereses geopolíticos del gobierno americano, sino incluso al propio Estado de Israel y con ello la frágil estabilidad de la región? ¿Desencadenará lo ocurrido un efecto dominó que después de Egipto contagie a otros países de la región como Jordania y Siria, países donde las condiciones de pobreza se asemejan a la de Egipto y en donde además la tensión aumenta como consecuencia de un estado de inseguridad creciente?
Ambas cosas pueden ocurrir. Lo cierto es que lo acontecido en Túnez, que rápidamente contagió a Egipto, es un llamado de atención contra el abuso del poder, la corrupción y los excesos de quienes creen que pueden perpetuarse para siempre y piensan que no hay acción ciudadana capaz de impedirlo.
Hoy vivimos en un mundo en el cual la comunicación dejó de ser aquella de una sola vía en la que los gobernantes se dirigían a sus gobernados sin la posibilidad de que estos pudiesen responder. Las comunicaciones del mundo de hoy son orbitales y de múltiples vías, lo que permite a los ciudadanos dejar de ser espectadores pasivos y convertirse en sujetos activos que exigen de sus gobiernos acceso a las decisiones de gobierno y a que se den acciones concretas encaminadas a brindarles no solo derechos políticos y civiles, sino acceso pleno a sus derechos fundamentales y una mejor calidad de vida.