[¿TENDENCIA O COINCIDENCIA?]

Elegidas para gobernar

Incluyendo a las tres jefas de Estado que accedieron al puesto de forma hereditaria y a Rousseff, hay apenas 21 mujeres en puestos de máximo poder político.

Angela Merkel, Dilma Rousseff, Cristina Fernández de Kirchner ... Si la realidad fuesen las portadas de los últimos días, no sería descabellado concluir que mujer y gobernanza son un binomio bien avenido, casi acaramelado. Lo cierto es que el número de presidentas o primeras ministras en el mundo es ínfimo. Lo malo es que durante años seguirá siendo residual. Lo bueno es que hay señales de esperanza.

Incluyendo a las tres jefas de Estado que accedieron al puesto de forma hereditaria y a Rousseff, hay apenas 21 mujeres en puestos de máximo poder político. Las que son jefas de Estado suponen menos de un 1%. Las que son primeras ministras, un 0.5% de los 192 jefes de gobierno miembros de la ONU. El desequilibrio no mejora si se constata que la media de diputadas en los parlamentos es de un 17%, según las Naciones Unidas.

¿Qué dónde está lo esperanzador de los datos? Más de la mitad de las mujeres que han alcanzado el poder lo han hecho en apenas dos años: 12 de las 21 existentes subieron al poder bien en 2009 (cuatro), bien en 2010 (ocho).

No es ninguna avalancha, pero lo cierto es que desde 2009 hay nuevas primeras ministras en Bangladesh (Hasina), Islandia (Sigurdardottir), Croacia (Kosor), Eslovaquia (Radikova), Finlandia (Kiviniemi), Australia (Gillard), Trinidad y Tobago (Persad-Bissessar) y Brasil (Rousseff). A la lista se unen las presidentas de Suiza (Leuthard), Lituania (Grybauskaite), Costa Rica (Chinchilla) y Kirguistán (Otunbayeva).

Son muchas en muy poco tiempo. ¿Es el inicio de una tendencia o una gozosa coincidencia que da un paso más hacia la plena igualdad? Es una tendencia consolidada en aquellos países donde las mujeres han dejado una huella imborrable en política en las últimas décadas (Finlandia, Bangladesh, India, Irlanda, Liberia...), pero aún es una incógnita saber si, por el contrario, las primeras ministras y presidentas que acaban de llegar al poder dejarán un legado suficiente (además de tratar de gobernar) para que otras mujeres recojan el testigo. Las expertas apuntan que el fenómeno vivido desde 2009 tiene puntos de coincidencia, pero no se atreven a afirmar categóricamente si existe un patrón, un retrato robot de política porque no es lo mismo gobernar Liberia que Croacia.

Casualidad o no, hay algo fundamental en esta ecuación mujer–poder: raro es que una política se retire tras dejar su cargo. Lo que hace es poner su conocimiento al servicio de organismos internacionales donde su rango tal vez es inferior, pero su influencia llega más lejos. Es el caso de Gro Harlem Brundtland o Michelle Bachelet.

Para Laura Liswood, secretaria general del Council of Women World Leaders, hay más de casualidad que de movimiento organizado. Creo que es más coincidencia que otra cosa, pero el hecho de que muchas mujeres estén alcanzado esas cotas de poder no quita que tenga su significación y que ayude a la visibilidad de la mujer en estos puestos, explica en conversación telefónica desde Washington. Sucede, añade, que en algunos casos votar a una mujer es sinónimo de salir adelante si la situación del país es complicada: los electores ven que las mujeres van muy al grano de los problemas más perentorios de la población.

Para Esther Sánchez, profesora de derecho del trabajo de Esade, la ascensión al poder en los dos últimos años es una carrera de obstáculos superada: Igual es casualidad e igual una moda, la clave es que aquellas que estaban capacitadas para esos puestos han logrado vencer las barreras con las que se han topado.

Liswood cree un sinsentido hablar de estereotipos como el típico dama de hierro, una herencia de los años 70 y 80 por los gobiernos de Golda Meir, Indira Gandhi y Margaret Thatcher. ¿Por qué vamos a decir Dilma de Hierro si no decimos Lula de Hierro? se pregunta Liswood. Lo que sucede es que las mujeres necesitan un vigor extra en ciertos contextos porque su presencia es más visible y más discutida que la de un hombre.

Rechazo esas etiquetas porque sólo inciden en el estereotipo añade Sánchez. Lo que sí sucede es que a medida que una mujer asciende cada vez hay más hombres como interlocutores y es ahí cuando el diálogo se hace extraordinariamente duro.

Los tópicos no esconden que, en muchas ocasiones, las gobernantes tienen que ser bastante más dúctiles que el hierro y deben estar forjadas de una aleación más flexible y resistente aunque no hasta el punto de llevar chaleco antibalas, como el que usa la presidenta de Kirguistán, Rosa Otunbayeva, figura de reconciliación nacional y que ocupa su cargo provisionalmente hasta el año que viene.


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