[DERECHO A LA MUERTE]

Eluana

En noviembre de 2008, el Tribunal Supremo refrendó la sentencia que reconocía el derecho de una joven italiana a ser desconectada de una máquina que la alimentaba artificialmente.

La Santa Madre Iglesia no somos todos cuando se pronuncia, sino unos pocos y muy bien diferenciados. Suele hacerlo por boca del Papa, de los voceros del Vaticano o de las conferencias episcopales. Emplea palabras dulces que defienden la paz, la bondad y la vida, pero, vagas, ambivalentes y a la postre, engañosas. Cuando la Santa Madre se pronuncia, hay que reflexionar, no para hacer una introspección del espíritu, sino para comprender bien el alcance de lo que dice.

Con ocasión de los recientes ataques de Israel a Gaza, Su Santidad condenó la violencia y la muerte de inocentes, pero sin mencionar a Israel, supongo que para evitar reclamos diplomáticos, porque si los hubiere, bien podría aducir que se refería a la muerte de mujeres mexicanas o de niños iraquíes. Lo mismo ha sucedido con el caso de Eluana Englaro, la mujer italiana que llevaba 17 años en estado vegetativo irreversible, conectada a una máquina que la alimentaba artificialmente. El Papa, desde el balcón del palacio vaticano, exhortó a sus fieles a rezar por todos los enfermos, especialmente por “los que dependen totalmente de los cuidados de otros”, y sin citar a Eluana, los animó a confiar en las “curaciones milagrosas”.

Para creer en milagros está el padre de Eluana, Beppino Englaro, que ha luchado todos estos años para que, ya que su hija no vivía –lo que se dice vivir: moverse, pensar, sentir, reír y gozar, llorar y sufrir, amar, madurar, o tomar decisiones–, se permitiera desconectarla y que su pobre cuerpo descansara.

Al fin, en noviembre del año pasado, el Tribunal Supremo refrendó la sentencia del Tribunal de Apelación de Milán que reconocía el derecho de Eluana a ser desconectada. Si bien la joven no había oficializado su testamento de vida, había suficientes testimonios que indicaban que no quería vivir artificialmente. Sin embargo, a partir de ahí, empezó otro calvario: ninguna clínica quería admitirla, hasta que fue acogida en La Quiete de Udine; además, se interpuso una demanda contra Beppino para quitarle la patria potestad, y no faltó quien interpretara la decisión del alto tribunal como un homicidio de Estado.

Las presiones del Vaticano y de la Conferencia Episcopal Italiana para que la ley no se cumpliera han sido constantes. Desde la organización de manifestaciones “pro vida” hasta una clara injerencia en el gobierno de Berlusconi, injerencia negada en todo momento por la Santa Sede, si bien en el mismo comunicado que la negaba señaló su vivo reconocimiento a la aceleración dada por el Parlamento a la aprobación de un proyecto de ley para evitar la muerte de Eluana. La Santa Madre es fiel a sí misma: tira la piedra y esconde la mano. Y si Iglesia y gobierno se unen, hay que echarse a temblar. Cuando la clínica La Quiete de Udine preparaba sus instalaciones y a su personal para proceder a la desconexión, tal y como autorizaba el Supremo, al primer ministro Berlusconi se le ocurrió hacer un decreto impidiéndola. Y la Iglesia aplaudió. Sin embargo, dicho decreto debía ir firmado por el presidente italiano, Giorgio Napolitano, que se negó por considerarlo inconstitucional. Y la Iglesia lo criticó.

Mientras el protocolo médico señalado por los jueces avanzaba hacia su cometido, suprimiendo la alimentación y la hidratación a Eluana y suministrándole sedantes y antiepilépticos, Il cavalieri convocó al Parlamento contra reloj para que aprobara una ley con nombre y apellido que le “salvara la vida”, o esa burla a la vida a la que se la había condenado. Antes de que se consumara lo que muchos ya llamaban golpe de Estado y desacato a la Constitución y las instituciones, murió el lunes día 9 de febrero a las 8:10 p.m. En la farsa montada por la Iglesia y el Gobierno, y en la que ella era la protagonista, Eluana hizo mutis por el foro. Aun así, el cardenal Javier Lozano, presidente del Pontificio Consejo para la Sanidad, no cejó en su empeño: “Hace falta ver cómo ha muerto, si por la suspensión de la alimentación y la hidratación o por otras causas”. La soberbia, que toma a veces el hábito de la torpeza. Además, Lozano pidió perdón a Dios por “lo que le han hecho”. No nos perdone, compadre, que no hemos pedido su ofensiva indulgencia.


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