El pulso entre un debilitado Barack Obama y los republicanos, reforzados tras recuperar la mayoría en la Cámara de Representantes, empezó el miércoles con ofertas mutuas de diálogo pero con pocas muestras de buena voluntad para ceder en los respectivos principios ideológicos.
El presidente Obama atribuyó la paliza —esta fue la palabra que utilizó— a una economía que crece a ritmo lento y a un paro que afecta a cerca de 15 millones de personas, el 9.6% de la población activa.
El nuevo líder republicano, el congresista de Ohio John Boehner, que en cuanto se constituya el nuevo Congreso en enero será el speaker de la Cámara, atribuyó la victoria a un rechazo del programa reformista de Obama. Y confirmó que los republicanos intentarán revocar su ley más emblemática: la reforma sanitaria.
Es la batalla ideológica que recorre la historia de Estados Unidos. ¿Es el Estado siempre el problema? ¿O a veces puede ser la solución?
Obama tendió la mano a Boehner y a los republicanos, y estos se la tendieron a Obama. Pero hoy por hoy los puntos de encuentro son escasos, y en todo caso no incluyen ninguna medida de calado para impulsar una economía que funciona a medio gas.
La paradoja de las elecciones legislativas y del cargo de gobernador es que, según los sondeos a pie de urna, la preocupación principal de los votantes era la economía, pero el resultado deja escaso margen al Gobierno federal para incentivar el crecimiento.
También es cierto que otro mensaje es que los estadounidenses rechazan las políticas intervencionistas de la administración Obama y el Congreso demócrata, incapaces, según el veredicto de las urnas, de sacar a Estados Unidos de la crisis.
“He estado dispuesto a alcanzar compromisos antes y estoy dispuesto a alcanzar compromisos a partir de ahora”, dijo Obama en una rueda de prensa emotiva, en la que asumió su responsabilidad por la derrota de decenas de candidatos demócratas pero evitó hacer autocrítica.
Introspectivo, visiblemente triste, el presidente admitió que la burbuja de Washington propicia una desconexión con el ciudadano de a pie.
Los contornos del nuevo Obama, lejos del ilusionante líder mundial que en enero de 2009 se mudó a la Casa Blanca con la promesa de cambiar Estados Unidos y el mundo, todavía son difusos. Algunos de sus proyectos centrales, como la ley medioambiental o la reforma migratoria, pueden quedar definitivamente aparcados.
En 1994, tras perder la Cámara y el Senado, el también demócrata Bill Clinton giró al centro y acabó proclamando, en un tono reaganiano, que la era del gran gobierno ha terminado: dos años después salió reelegido.
Nada de eso hizo el miércoles Obama, que reivindicó sus políticas más controvertidas, el multimillonario plan de estímulo fiscal, el rescate de la industria automovilística o la reforma sanitaria como medidas necesarias para evitar otra gran depresión.
“Esperemos que esté dispuesto a trabajar con nosotros en estas prioridades”, dijo, en otra rueda de prensa, Boehner, un legislador veterano, en alusión a un programa para lograr un estado más pequeño, menos costoso y más capaz de rendir cuentas.
Al contrario que Newt Gringrich, el speaker tras la victoria republicana en 1994, Boehner y otros republicanos adoptan un tono humilde. Y dicen ser conscientes de que el pueblo les ha dado una segunda oportunidad después de los años de Bush, años de despilfarro y mal gobierno.
A falta de que se declaren los vencedores en algunos estados, que no deben alterar los equilibrios fundamentales, el Partido Republicano obtuvo 239 escaños en la Cámara de Representantes y el Partido Demócrata 185. De los 37 gobernadores en juego, los republicanos ganaron 24 y los demócratas 13.
Los demócratas pueden consolarse porque mantendrán la mayoría en el Senado, pero será demasiado exigua para evitar el bloqueo. El consuelo es mínimo. Ningún presidente, desde 1938, había sufrido pérdidas tan voluminosas en la Cámara de Representantes. El martes los republicanos sumaron 60 o más escaños nuevos en la Cámara, más que los 54 de 1994 o los 49 que los demócratas obtuvieron en 1974 después del Watergate.
Con el nuevo Congreso, el presidente Obama y los demócratas quedan maniatados, y no podrán poner en marcha ninguna política sin el visto bueno de los republicanos. Al mismo tiempo, los republicanos poco podrán hacer sin el consenso demócrata, e iniciativas como revocar la reforma sanitaria tienen escaso futuro si el Senado la rechaza y el presidente ejerce su derecho de veto.
¿Qué hacer? Desde ahora y hasta enero, el Congreso saliente intentará alcanzar un compromiso sobre las rebajas fiscales que Bush impulsó y que vencen en 2011.
La apertura de las fuerzas armadas a los homosexuales también servirá para calibrar la voluntad de entendimiento entre un presidente derrotado y una oposición republicana vigorosa pero derechizada por la llegada a Washington de figuras del movimiento populista Tea Party, escasamente proclives al pacto.
Obama voló a Asia en un viaje de 10 días que ya ha recibido críticas: el presidente huye tras la derrota. Tiempo de reflexión. Tiempo para que los republicanos tomen las medidas al poder.