Las guerras de Obama (Obama’s wars), que se publicará la semana próxima en Estados Unidos, es la crónica más exhaustiva del primer año y medio del presidente y de su gestión de la guerra afgana. Basado en decenas de entrevistas y documentos, el libro presenta a un presidente enfrentado a líderes militares con quienes mantiene un pulso agónico sobre Afganistán.
Los militares querían una escalada bélica masiva, y una presencia sin plazos en el país centroasiático. El presidente envió 30 mil soldados y marines más (en total ha triplicado las tropas de EU desde que en enero de 2009 llegó a a la Casa Blanca). Pero fijó el verano de 2011 como fecha para empezar la retirada, lo que el entorno de Obama vende como un triunfo ante las presiones del Pentágono.
Obama aparece en el libro como un líder preocupado por perder el apoyo popular y del Partido Demócrata si no pone fecha a la retirada. “No me pasaré 10 años allí. No construiré una nación a largo plazo. No gastaré un billón de dólares”, dijo en octubre de 2009 el presidente a sus secretarios de Defensa y Estado, Robert Gates y Hillary Clinton.
El general David Petraeus, el militar más influyente de su generación y comandante en Afganistán, parece discrepar. También tienes que reconocer que no creo que esta guerra se gane. “Creo que sigues luchando. Un poco como Irak, sí”, le dice el general a Woodward. “Este es el tipo de guerra en la que estaremos el resto de nuestras vidas y probablemente de las vidas de nuestros chavales”.
The Washington Post, el diario de Woodward, y The New York Times publicaron el miércoles resúmenes del libro. Cada libro de Bob Woodward y ya van 16: desde Richard Nixon ningún presidente ha escapado a su escrutinio es un acontecimiento político–mediático.
En un momento del relato, Petraeus advierte a sus colaboradores que “la administración Obama está jugándosela con el tipo equivocado”. Él mismo.
Durante las semanas de deliberaciones internas para decidir la estrategia bélica, el pasado otoño, el secretario de Defensa, Robert Gates, estuvo a punto de abandonar una reunión en el despacho Oval. Tom Donilon, el viceconsejero de Seguridad Nacional, cargo adscrito al presidente, había hablado mal de un general. El veterano diplomático Richard Holbrooke, enviado de Obama a Afganistán y Pakistán, es el “bastardo más egoísta” que ha conocido en su vida el vicepresidente Joe Biden.
Y el propio Holbrooke sentencia que la estrategia finalmente anunciada en diciembre de 2009 no funcionará, a pesar de lo cual mantiene el cargo.
Ningún grupo humano o profesional es ajeno a los desacuerdos y peleas. Y el libro quizá amplifique con lupa unas disensiones que, en rasgos generales, ya eran conocidas.
Aunque, según quienes han leído el libro, Obama aparece como líder razonable y equilibrado, lejos del estilo instintivo de George W. Bush, las divisiones que describe Woodward trascienden la anécdota. Revelan a un presidente atrapado entre distintas camarillas y con dificultades para imponerse a los militares.
La discrepancia no se ha resuelto: Petraeus sigue afirmando que si en 2011 las cosas no mejoran en Afganistán recomendará no reducir tropas. La Casa Blanca insiste en que la fecha es inamovible.