[DOMINIO PÚBLICO]

Filtraciones, verdades y consecuencias

Es imposible calcular la gravedad de las últimas filtraciones o Wikileaks, que detallan el trabajo de los diplomáticos norteamericanos en el mundo.

¿Cómo juzgar el valor ético y periodístico de las filtraciones que han puesto en entredicho a la diplomacia norteamericana y podrían poner en peligro la seguridad nacional y la vida de personas?

A estas alturas es imposible calcular la gravedad de las últimas filtraciones o Wikileaks, que se están publicando en varios periódicos, y que detallan el trabajo de los diplomáticos norteamericanos en el mundo. Tampoco se puede determinar cuál pudiera ser su efecto real en la seguridad nacional y/o en las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con el resto del mundo.

En la inmensa mayoría de las filtraciones hasta ahora reveladas se tratan temas que son del dominio público. Lo nuevo es que las filtraciones contienen los comentarios, análisis y percepciones personales de los diplomáticos norteamericanos en su quehacer cotidiano. Algunos de los documentos publicados se transcriben preguntas banales, pero muy divertidas, como por ejemplo aquella en la que previo a una reunión entre Hillary Clinton y Cristina Fernández de Kirchner, la oficina de la secretaria de Estado escribe a la embajada estadounidense en Buenos Aires inquiriendo sobre la salud mental de la Presidenta argentina.

Otras, rememoran viejas rencillas, como por ejemplo la que acentúa la desconfianza ancestral entre árabes y persas y le añade la petición de varios jefes de Estado árabes para que Estados Unidos bombardee a Irán.

Una circunstancia que impide evaluar el recuento de daños es que el diseminador de la información, el australiano Julian Assange, ha dicho que hasta el momento mantiene en secreto la información más comprometedora para el Gobierno norteamericano pero que ya ha dispuesto un mecanismo para publicarla en caso de que el Gobierno norteamericano le hiciera daño, es decir, mantiene la información más comprometedora en secreto como una especie de seguro de vida.

Por otro lado, es evidente que la seguridad del sistema de comunicación del Departamento de Estado ha mostrado su fragilidad. Pero como me comenta Jack Fuller, periodista de larga trayectoria y autor del libro, What Is Happening to News, “lo que habría que entender es que lo más probable es que antes de la publicación de las filtraciones en los periódicos, los servicios de inteligencia de las grandes potencias ya contaban con toda esa información”. En este sentido, la teoría de que las filtraciones le han causado un daño irreparable a las relaciones internacionales de EU se desplomaría por su falta de peso.

Muchos comentaristas han dicho que habría que inscribir estas filtraciones en el marco de la libertad de prensa y acogerlas como un esfuerzo para darle transparencia a lo asuntos gubernamentales. Yo tengo muchas dudas sobre su validez. Para mí, hasta este momento, estas filtraciones no tienen ni el peso moral ni la trascendencia política que tuvo la publicación de los llamados Papeles del Pentágono que revelaron las mentiras deliberadas de los gobiernos de Harry Truman, Dwight Eisenhower, John Kennedy y Lyndon Johnson, al pueblo norteamericano respecto a la implicación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam.

Pero, al igual que Fuller, pienso que “cuando la información se disemina ampliamente y pone los reflectores en temas de enorme interés público, no me parece problemático que los periódicos la reporten, que la pongan en contexto, que la analicen y menos aun cuando dichos periódicos toman providencias para evitar consecuencias indeseadas”.

Quizá mi reticencia a defender los Wikileaks se deba, en gran parte, a que estoy convencido de que hay ciertos temas de seguridad nacional que deben permanecer secretos pues su divulgación podría originar grandes catástrofes. En este sentido, desconfío del arrebato justiciero y pienso en Max Weber, quien establece una distinción muy importante entre dos tipos de ética, la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. En la primera, lo que importa es la justeza de la causa; en la segunda, lo que importa son las consecuencias de las acciones. El celo de Assange me parece que se inscribe en el terreno de la ética de la convicción. Habrá que esperar para saber cuáles serán las consecuencias indeseadas de las filtraciones, sobre todo en términos de secretos de seguridad nacional y en vidas humanas.


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