A Gandhi le quieren subastar las gafas y las sandalias. Así, a primera vista, no parece que ninguna de las dos posesiones, de lo poco que llevaba puesto el Mahatma amén del sari, puedan levantar muchas pasiones: las gafas son todo lo antiguas que cabe imaginarse y, por añadidura, estaban mil veces rotas y reparadas hasta lucir unas patillas deformes. Las zapatillas de tiras tampoco llegarían lejos en un concurso de ‘glamour’: de cuero –ovino, supongo–, tirando a bastas y medio destrozadas. Pero a la casa Antiquorum le importa poco esa sencillez suprema; en realidad supone toda una imagen de marca respecto de lo que significó Gandhi. Aquello mismo que le llevó a la muerte, por cierto.
Tres objetos más componen todo el patrimonio que tuvo en vida el líder espiritual y material de los indios, el personaje que se impuso, a fuerza de renunciar a la fuerza, a nada menos que el ejército de ocupación del imperio victoriano. Se trata de su reloj de bolsillo, del plato en el que comía Gandhi y del cuenco que le sirvió de vehículo para la leche o el arroz.
Las fotografías de la casa de subastas muestran, una vez más, la imagen de la pobreza solemne; solo el reloj de bolsillo escapa a la patente de marca con la que el Mahatma Gandhi estableció su manera de ser.
El Gobierno indio está haciendo, según parece, todo lo posible para evitar la venta en almoneda de los bienes del fundador de la patria. No parece que sea muy difícil lograrlo. Reloj, sandalias, cuenco, plato y gafas salen en total por poco más de 25 mil dólares. Bien es cierto que el valor de uso y el valor de cambio están, con Gandhi por medio, un tanto al margen de lo que nosotros entendemos por tales pero, aun así, la cantidad se antoja ridícula. Sobre todo al tener en cuenta que lo que se venderá es un símbolo de riqueza incalculable.
En realidad es algo extraño pensar en que lo que nos queda en cuanto al recuerdo material de Gandhi puede terminar en manos de un bandido, un traficante o un especulador, pese a que lo modesto del precio de salida permitiría ampliar la nómina de los profesionales capaces de hacerse con el remate hasta abarcar, en la práctica, a todos ellos.
El sentido de los anteojos de Gandhi no pasa por enseñárselos a las visitas para que pronuncien alguna que otra frase sentida relativa a la historia y a cómo puede rememorarse mirando a través de esas lentes. Junto con los manuscritos de Leonardo y las pinturas de Rafael, el lugar necesario para las pertenencias de Gandhi es el museo. O el recuerdo de quienes se admiraron con su ejemplo.
Si la subasta se realiza y no es el Estado indio quien se convierte en el dueño de esos objetos, lo mejor que cabría desear es que otro salvaje de ánimo fundamentalista completase el asesinato de Gandhi haciéndolos desaparecer. Quizá sea ese el mejor de los homenajes que pueda hacerse al Mahatma. No hay nada como la barbarie –incluida la de la subasta– para recordarnos por qué Gandhi fue tan necesario.
