Son legión quienes ven en la ciencia la única justificación de los inventos que logra y, a partir de ahí, las mejoras en el confort, la salud o la riqueza a que llevan éstos. El argumento gana fuerza cuando se contempla el tirón industrial y el crecimiento de los Estados Unidos, en particular, pero también de otros países, logrado gracias a las patentes que se generaron tras la Segunda Guerra Mundial.
En cierto modo, hasta el conflicto bélico habría sido una oportunidad excelente para que, de la mano de las aplicaciones guerreras, las nuevas tecnologías descubiertas por los científicos dieran paso a un mundo mejor.
Pero, ¿es así? El hecho de que la ciencia genera novedades de aprovechamiento industrial (a veces), siendo la industria quien mueve la economía de un país (casi siempre a lo largo del último siglo y medio), resulta indiscutible. Pero deducir de ahí que el binomio ciencia+industria busca y logra el bienestar general supone un error ingenuo. Por definición, el sistema de mercado libre tiene como objetivo el lucro de quienes invierten sus dineros ya sea en industrias o en especulaciones diversas. El confort, el beneficio del consumidor –léase ciudadano– no está siquiera contemplado como no sea porque quienes creen que serán más felices si compran algo se afanan en hacerlo. Pero la publicidad se ha encargado ya de demostrar fuera de cualquier duda razonable el axioma de que es preferible crear necesidades falsas que atender las reales.
La crisis en que andamos metidos, y de la que nadie sabe cómo salir, se ha producido no por la falta de personas decididas a enriquecerse sino porque éstas, amén de abundar, fueron libres para hacer lo que quisiesen. ¿Invirtieron en la creación de riqueza? Algunos, sin duda, sí. Pero ni siquiera éstos tenían como principal objetivo la mejora de la calidad de vida general. Si bien es cierto que existen científicos afanados en la búsqueda de vacunas contra la malaria, por ejemplo, e incluso capaces de renunciar a los posibles beneficios de la venta de sus patentes, lo que resulta absurdo es pretender que ese espíritu se traslada pongamos a Wall Street.
Generar riqueza sin repartirla es la manera mejor que hay de avanzar en las desigualdades y, por ende, en la miseria de buena parte de los que padecerán las crisis pero no sacarán jamás provecho alguno de las euforias. En ese sentido, haría más por el bienestar ciudadano una modesta política de justicia distributiva que la patente de un bálsamo capaz de prolongar la vida 10 o 20 años. Pero ni siquiera en una época tan dura como es ésta somos capaces de entenderlo. Tal vez un mundo en el que los científicos pudiesen dedicarse a la investigación básica y libre, sin ataduras comerciales, y en el que los beneficios tuviesen un límite fijado no por el mercado sino por ley fuese mejor que el que ahora sufrimos. Tal vez. Pero esa utopía queda lastrada por el hecho de que quienes, a lo largo de la Historia pudieron optar por esa fórmula dieron paso a lo contrario: a la esclavitud de sus súbditos. Y el argumento sirve incluso para que gentes como Berlusconi ganen en las urnas.