Globalizando los idiomas

Globalizando los idiomas
Aquí les presentamos la efigie de Manuel Encarnación Amador Terreros, cuyos padres fueron el doctor Manuel Amador Guerrero y María de Jesús Terreros. Nació, como ya lo hemos dicho, en la ciudad d

Harry Castro Stanziola revista@prensa.com

Segunda de dos entregas

Antes de comenzar hay que hacer una corrección. El apellido materno de Manuel Encarnación Amador era Terreros y no Torrero como apareció en la entrega anterior de Raíces. En esa edición les relatamos algunos aspectos de la creación de varios idiomas, que tenía la idea de unificar los existentes. Nacieron en diversos países a partir del siglo XIX.

Les hablamos también de cómo un panameño hijo de nuestro primer presidente de la República fue el creador del idioma artificial que él bautizó como panamane.

Don Manuel Encarnación nació en Santiago de Veraguas el 25 de marzo de 1869 y falleció el 12 de noviembre de 1952 en esta capital. Inicialmente fue contador y administrador de negocios.

También se desempeñó como secretario del hoy Ministerio de Economía y Finanzas; cónsul en Hamburgo y en Nueva York. En esta última ciudad vivió más de 15 años. Fue destacado pintor, parte de cuyas obras pueden admirarse en una exposición permanente en la entrada de la rectoría de la Universidad de Panamá, allá en la colina.

Durante su estadía en la Gran Manzana, la ciudad de los rascacielos, fue cuando tuvo la idea de crear el idioma panamane, pronúnciese panaman.

Por cierto, no comprendemos por qué el libro que nos enseña los fundamentos de dicha lengua se publica en inglés. Es verdad que existe una edición en español, pero no la hemos visto completa. Su contenido es más reducido que el de la edición original.

La fecha de la edición de esta última es 1936. Se llamó Fundaments of Panamane Universal Language. Aparece que fue editada en Patria Ediciones, Pueblo Nuevo, Panamá. Y a renglón seguido también dice Impresora Barcelona.

F. Sylvia Pankhurst es la autora del prefacio. Se habla en seguida de la sustancia y el espíritu del trabajo; se explican las características de su alfabeto, en donde no existen la ch, ll ni la ñ.

Con una minuciosidad admirable nos explica el señor Amador la gramática española aplicada al panamane conjuga y traduce una buena cantidad de verbos en todas las formas conocidas, algo que si ya es más que difícil en español, imagínense cómo lo será en el lenguaje que él inventó. Luego, el autor se da el lujo de traducir, por ejemplo, la oración que ya también mencionamos, la de Gettisburgh; oraciones como el Padre Nuestro o el Ave María, fábulas, poesías, cuentos de hadas, proverbios, nombres geográficos, números, nombres de los días, de los meses, planetas, estaciones, nombres de personas y para terminar con la traducción de nuestro himno nacional y un inmenso y completo vocabulario de más de 2 mil términos más una lista de más de doscientos colaboradores que lo ayudaron en la llamativa publicación.

El libro fue escrito, según el señor Amador, en memoria de sus padres y otros familiares.

Resumiendo, se trata de un enorme esfuerzo que desgraciadamente no tuvo la acogida que su autor esperaba. Es una preciosa joya para los coleccionistas. Pero, sobre todo, nos ayuda a recordar que entre nosotros han existido seres entre los cuales el amor al estudio, la dedicación a un serio trabajo por dificultoso que resulte, con dotes artísticas y de una gran simpatía personal, lo cual rebate la común idea que todo aquí es improvisación, superficialidad y poco bagaje intelectual, lo cual abunda sí, pero que no excluye la presencia de seres superiores como el poco recordado Don Manuel Encarnación que, cómo si no fuera suficiente, ideó el pabellón nacional.

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