Hablar de lo que sucede en internet resulta un poco redundante. Como hoy en día no acontece nada que no quede reflejado de manera instantánea en la red de redes, hasta el punto de que los goles del fútbol te los sacan en las páginas digitales de los diarios nada más acaba de conceder el tanto el árbitro, se ha convertido ya en un tópico eso de que, si no sales en Google, no existes. Sorprende, pues, no poco leer la noticia de que ese mismo buscador universal, Google, enloqueció hace unos días durante unos largos minutos a causa de un error humano.
El episodio suena a panfleto antiguo. Los humanos somos pura representación virtual desde que la civilización entera anda prendida de las conexiones inalámbricas, con lo que cuesta trabajo entender cómo una entelequia así puede equivocarse de no estar siguiendo paso a paso las pautas que le ha indicado el programador de turno. Pero es esa la explicación dada por Google acerca de los porqués del cortocircuito que afectó durante unos instantes el discurrir plácido de quienes viven día y noche enganchados al ordenador.
El fallo consistió en la emisión de un mensaje de alerta, fuera cual fuese la página web visitada. La máquina enseñaba el aviso de que el lugar era malicioso –otra sorpresa: un vicio humano, como la malicia, transferido al mundo angélico–, que podía colarse en la computadora del visitante instalando en sus entrañas dios sabrá qué sarta de bacterias, virus, fagocitos o parásitos: la cadena misma de la lucha por la vida se ha instalado ya, como amenaza al menos, en la internet.
Para mí que, más que de fallo humano, habría que hablar de venganza justiciera, igual que si Alonso Quijano o, si se quiere, alguien más moderno como el Zorro, aquel mexicano de la máscara, anduviese enmendando entuertos por el hiperespacio. Como la red de redes es el enemigo declarado de los libros, de la conversación, del cine y de la música, es decir, de los pilares de la cultura tal como la entendíamos, todo un ajuste de cuentas.
Pero la broma duró poco tiempo y las aguas volvieron casi de inmediato al mar de la tranquilidad. Es una suerte que así fuese, habida cuenta de los trastornos que debió generar episodio. Dicen las estadísticas que un porcentaje altísimo de las páginas web que existen están dedicadas a la pornografía, aunque tampoco nos explica nadie ni qué criterio se sigue para establecer que una página es pornográfica –¿cabría calificar así, por ejemplo, las del presidente Bush pensando?–, ni como se cuentan las páginas santas frente a las diabólicas. Así que resulta difícil averiguar a cuántos de los ciudadanos adictos a la pantalla les afectaría en su más íntimo ser el susto del mensaje equivocado de Google. Pero debieron pasarlo muy mal. Cabe imaginar lo que uno piensa cuando, en plena contemplación de vicios ajenos, le amenazan con la casi certeza de verse contagiado a causa de una venérea virtual.
