Es el compañero fiel que se apodera de tu vida, sin darte cuenta. Creo que hasta te escucha, o al menos eso parece.
Puede ser el más feo del barrio, pero no lo cambiarías por nada. Si se pierde, tu vida y la de la familia entran en caos.
Es de los primeros en recibirte, muy animado, cuando llegas a casa; hay que servirle un buen plato de comida y, con el consentimiento de su dueño, puede llegar a tener un espacio en la cama, con su propia almohada.
Y así, con el paso del tiempo, llegan a ser un miembro importante de la familia. No por el gusto les llaman el mejor amigo del hombre.
Sí, hablo de nuestros perros, seres que hemos humanizado por todo lo que comparten con nosotros: caminar, correr, descansar... en fin, todos aquellos buenos y malos momentos de la vida.
Incluso, a veces a estos animales maravillosos solo los vemos como fieles amigos de cuatro patas y olvidamos que con entrenamiento pueden servirnos y facilitar nuestras vidas.
Hablamos de perros que son incorporados a programas de terapias con niños y adultos, lazarillos que ayudan a los ciegos, perros policías y canes detectores de bombas, entre varias otras especialidades.
Pero, dentro de este grupo de perros maravilla, los más admirables son aquellos perros que prestan sus servicios en labores de búsqueda y rescate, los cuales con su olfato agudo pueden encontrar sus objetivos más rápido.
A pesar de todos los avances tecnológicos y científicos, incluyendo el uso de robots, los perros de búsqueda y rescate siguen siendo una de las mejores herramientas de los equipos KSAR (perros de búsqueda y rescate). Sus narices son irremplazables.
Sí, cuando dicen que tener un perro como mascota es una responsabilidad, no mienten: hay que pasearlos, bañarlos, llevarlos al veterinario, recoger su “popó” y mucho más, pero el cariño y el vínculo que se crea con ellos lo compensa todo.
La autora es meteoróloga e integrante de KSAR, de la Cruz Roja, y de la Fundación Colitas
