Un nuevo Hugo Chávez podría unirse al club de la izquierda. Ollanta Humala ganó la primera vuelta electoral. Si su victoria se consolida en el balotaje, su país retrocederá de forma similar a lo que está sucediendo en Bolivia.
Humala moderó su discurso en los últimos tiempos para volverse aceptable. En política eso es cambiarse de ropa. Pero el contenido es el mismo: un nacionalsocialista que se cree pertenecer a una raza superior. De todos los candidatos que se presentaron en estas elecciones –y vaya que hubo variedad– los peruanos no pudieron elegir peor. Por lo menos en la primera fase.
Todo el avance económico que está viviendo Perú se irá al basurero. Las inversiones extranjeras que lograron confianza con Alan García, morirán.
El decadente proceso es llamativo porque estos mismos hechos ya están sucediendo en el resto de los países donde gobiernan los “progres”. El mejor ejemplo es la Argentina, donde la inflación sigue en ascenso, el país cada día produce menos y pocos extranjeros se atreven a invertir en su suelo.
Asombra tanta ceguera: el que la gente no vea ni aprenda de su propia experiencia o de la del vecino. Quizá la explicación para este fenómeno sea la de Doc Childre y Howard Martin, expertos internacionales en stress colectivo.
Según los citados especialistas: “La energía colectiva generada por los sentimientos, pensamientos y actitudes de los casi siete mil millones de personas en el planeta, crea una atmósfera o conciencia climática. Rodeándonos, como el aire que respiramos, esta conciencia climática nos afecta más fuertemente en nuestros niveles emocionales y energéticos”.
Esta es la única explicación coincidente con los hormonales fenómenos políticos que a través de los tiempos contagian al mundo como una enfermedad. Algunas veces para bien, como ocurrió en la época republicana de liberación de las monarquías y otras para mal, como sucede actualmente con el totalitarismo socialista.
Cada país con sus matices propios, pero igual filosofía populista, está hundiéndose y autodestruyéndose hasta que el péndulo cambie de dirección, no sin haber dejado un costo económico y luctuoso.
El desenlace en Sudamérica podría ser sangriento. Nunca se vivió tanta delincuencia ni agresión política callejera. El modelo izquierdista incita a la violencia. Si no se ha tornado más cruento es porque los piqueteros son socios de los gobernantes.
Humala se alejó de Hugo Chávez públicamente, porque el venezolano está en su nivel más bajo de popularidad, pero nadie sabe si se envían secretas cartas de amor.
Con el Perú en la línea indigenista populista, el único de los países liberados por Simón Bolívar que queda en la categoría de inteligente es Colombia. Si Chávez, en su desesperación por quedarse en el poder, busca el enfrentamiento bélico con Bogotá, se toparía con el poderoso ejército colombiano apoyado por Estados Unidos. La violencia podría extenderse por el continente como sucedió en la era libertaria.
No será Barack Obama un Bolívar o San Martín que salga a imponer orden, libertad, justicia y respeto a la ley; y no se vislumbra ningún latinoamericano, salvo Juan Manuel Santos, que hable fuerte.
Es probable que el futuro latinoamericano esté en manos de Colombia y también de Chile, que no podrá esquivar los zarpazos de su vecino peruano si se consolida la victoria de Humala.
Brasil es una incógnita. Dilma Rousseff está comportándose con mucha más sensatez e inteligencia que Lula da Silva, pero recién empezó. La antecede un pasado sombrío para conjeturar sobre cuál será su proceder a mediano y largo plazo.