El talento empresarial es considerado en nuestra civilización (llamémosla así) como una de las virtudes más excelsas. Empleo la palabra virtud con plena conciencia. De hecho, el sociólogo y filósofo Max Weber puso de manifiesto muy bien los lazos estrechos que unen religión y negocio, identificando la aparición de la reforma protestante con el espíritu del capitalismo.
Pero la espiritualidad parece alcanzar, en semejante contexto, cotas que ni siquiera el padre de la sociología moderna atisbó jamás. La empresa de aviación Ryanair, haciendo gala de un alma innovadora de las que para sí querrían en el ministerio de lo mismo —de innovación, no de almas—, acaba de proponer que los pasajeros vayan de pie en los aeroplanos.
Como siempre sucede, se trata de un globo sonda para ver cómo reacciona el personal. Su disfraz estratégico habla de lo ventajosa que resultaría una fórmula así para los ciudadanos, habida cuenta de que viajar de pie será más barato que hacerlo sentado, e incluso más cómodo si tenemos en cuenta que, con las butacas actuales, el viajero de delante queda integrado a la dentadura del que va detrás como si se tratara de un empaste. Además, se trataría en principio de una elección voluntaria.
Pero no nos engañemos: todo lo que se vende cuando aparece como cuestión de gustos termina siendo la única opción disponible. Más aún si supone beneficios para el bolsillo (sin olvidarnos del alma) del empresario virtuoso.
La fórmula del viaje en avión al estilo de los que se hacen en el metro parece estar llena de ventajas. ¿No había cundido la alarma a causa del llamado síndrome de la clase turista, provocado por la inmovilidad de la postura sedente?
De pie, la circulación de la sangre por las venas y arterias es mucho más lozana, se previenen trombos y se facilita el tono muscular. Llamar la atención sobre el detalle de que de pie caben muchas más personas en un aeroplano que sentadas es impertinente. ¿A quién se le ocurre pensar que a los ejecutivos de Ryanair les interesaría semejante cálculo?
Cuando se ponga en marcha el proyecto de avión-metro habremos subido un peldaño más en la escalera de la indignidad. A partir de ahí, cualquier incremento en el desasosiego del viajero, todo merma en su confort, cuesta dinero. Se podría pensar en poner un empleado de la compañía con sueldo de becario dando capones a los turistas o metiéndoles el dedo en el ojo, pero está la cuestión de los seguros sociales. Es lo malo de las virtudes tanto cardinales como teologales: tienen sus límites. Una vez que los vuelos de bajo coste sean vuelos basura, sin más, y supongan la única alternativa a la tarifa de clase business, va a ser cosa difícil avanzar por el camino de la innovación. Tal vez música disco por los altavoces, salpimentada de insultos al viajero, podría ayudar.