He aquí un problema que nos angustia a todos los ilustrados (o iluministas, lúcidos o progresistas). Este problema es: ¿qué hacer para salvar la modernidad de los ataques de postmodernos y fundamentalistas de todo tipo?
En otras palabras, ¿qué podemos hacer para salvaguardar y enriquecer los ideales progresistas de las revoluciones americana (1776), francesa (1789) y latinoamericanas (ca. 1810)? ¿Qué hacer para impedir que se coarte el ejercicio de la racionalidad y la búsqueda y difusión de la verdad?
Evidentemente, la racionalidad es tanto más necesaria cuanto más peligra. Y no se la defiende contemplándose el ombligo ni repitiendo fórmulas mágicas. La racionalidad y los demás valores típicos de la modernidad se defienden enfrentando la realidad con ayuda del conocimiento de la misma y del amor a la vida y la pasión por el bien público.
Para salvar cualquier bien común es necesario movilizar a la gente. Pero hay que admitir que las masas no se movilizan predicándoles las virtudes de la búsqueda de la verdad. Hay que procurar mostrar a la gente que la verdad puede servir para mejorar la calidad de vida, al cuidar la salud, aliviar el trabajo insalubre, rutinario o riesgoso, mejorar las cosechas, etc.
Lo que acabo de decir no convencerá al obrero, campesino, artesano o pequeño comerciante, ni menos aun al desocupado. Estos saben de sobra que los más beneficiados por el conocimiento moderno son los poderosos. Los demás han quedado al margen de la modernidad, y en particular de la ciencia y de la técnica. Y seguirán marginados culturalmente mientras también sigan marginados económica y políticamente. Si pretendemos que todos se beneficien con el conocimiento, debemos propender a que todos tengan la oportunidad de adquirirlo. En otras palabras, tenemos que ayudar a que el desarrollo, o progreso, sea integral, no parcial.
Esto vale para todos los países, pobres o ricos. De poco vale conducir un Cadillac, ya sea en Dallas o en Buenos Aires, si se piensa y siente como un bárbaro. Tampoco sirve de mucho amar la matemática o la literatura del Siglo de Oro si no se dispone de tiempo o de energía para cultivarlas, porque hay que impartir clases durante ocho horas diarias para parar la olla. El progreso, o desarrollo, debe ser global, o sea, para todos y tanto económico y político como cultural.
El trabajo por la ilustración y contra el oscurantismo debiera de ser parte del trabajo por el desarrollo integral. Cuando no lo es, da resultados magros y vulnerables, como ocurrió en Iberoamérica con las elites liberales (“afrancesadas”) del siglo XIX. Mientras los patrones pensaban de segunda mano ideas europeas avanzadas, sus peones eran analfabetos, se alojaban en taperas, eran maltratados por los capangas, y sus hijos no terminaban la escuela primaria.
La moraleja para el ilustrado es que no basta dar o escuchar conferencias contra el oscurantismo. También que hay que militar en política, o trabajar en asociaciones no gubernamentales, por un orden social más justo, que no use la superstición como instrumento de control social para beneficio de unos pocos.
Sin embargo, para hacer política en serio, y no como pasatiempo ni para lucrar, hay que empezar por conocer el medio en que se actúa: hay que estudiar los problemas sociales del barrio, la ciudad, la provincia o la nación en que se actúa.
En los países avanzados, tal estudio se hace principalmente en las universidades. En los demás, los problemas sociales rara vez son estudiados en serio en las universidades. En éstas, el típico profesor de economía, sociología o politología repite textos que en el mejor de los casos tratan de sociedades avanzadas, y en el peor son diatribas ideológicas que sólo sirven para adormecer o para indignar.
En otras palabras, allí donde los problemas sociales más duelen, no son estudiados científicamente, de modo que los políticos no disponen de guías teóricas eficaces. Para peor, hay filósofos que enseñan que el estudio científico de la sociedad es imposible, y abundan los estudiantes que les creen, ya que perorar contra la ciencia es mucho más fácil que hacerla.
¿Qué hacer para promover el estudio serio de los problemas sociales cuando los descuida la universidad? Propongo que se los estudie fuera de ella, en centros o asociaciones de aficionados empeñados en convertirse en expertos.
En resumen, creo que el problema que nos ocupa se resuelve enfrentando la realidad social en lugar de eludirla. A su vez, para enfrentar la realidad hay que comenzar por estudiarla en serio y en todos sus aspectos, no sólo en el cultural. Y el estudio serio de cualquier problema es apasionado, porque sin pasión la inteligencia se consume en tareas rutinarias. Y la salvaguarda de la civilización moderna no es tarea menuda, sino empresa grandiosa que exige grandes inteligencias apasionadas o, lo que es igual, grandes pasiones inteligentes.