España afronta su cuarta presidencia de la Unión Europea (UE) con una agenda netamente ambiciosa. Nuestro proyecto es claro: desarrollar una presidencia rica en contenido, aportando elementos de debate y estrategia que permitan dibujar los horizontes del desarrollo futuro de la UE ahora que la entrada en vigor del Tratado de Lisboa abre por fin una nueva etapa.
Tenemos una voluntad de estrecha colaboración con las nuevas autoridades comunitarias, facilitando la transición hacia el nuevo modelo de funcionamiento que supone las reglas de Lisboa, en aras de la máxima eficacia de las instituciones europeas.
La entrada de España y Portugal en la Comunidad Europea (CE) en el año de 1986 determinó la irrupción de América Latina como prioridad de la política exterior de lo que hoy es la UE, de la que hasta entonces había estado ausente. Nuestras presidencias precedentes consiguieron avances significativos en la creación de una relación birregional con agenda propia, que permitió pasar del desconocimiento mutuo a una relación consolidada capaz de diseñar estrategias comunes para los retos compartidos.
Hay un consenso bastante extendido que, después de 10 años de relación birregional, llega el momento de dar un paso adelante, y esa es la tarea en la que trabajamos de cara al semestre de la Presidencia Española. Nos proponemos reforzar y darle una nueva dimensión a las relaciones entre la UE y América Latina y el Caribe (ALC), y ese paso decisivo va a consistir en apostar porque la UE y ALC se conviertan en socios globales para abordar desde una misma perspectiva la agenda global actual.
Esto implica pasar de una relación en la que la agenda birregional se diseñaba sobre la base de los estrictos intereses recíprocos de ambas regiones a una agenda que aborde los retos globales que ahora mismo están encima de la mesa.
Dado el nuevo peso de América Latina en el contexto mundial y su capacidad de realizar contribuciones significativas a la agenda global, tiene todo el sentido apostar por un modelo de relación de socios globales (y muy especialmente, en el actual contexto de crisis económica y financiera).
Los retos actuales requieren un planteamiento de estrategia colectiva, como es el caso del cambio hacia un modelo de relaciones internacionales multilateral, la gestión de los crecientes flujos migratorios, la lucha contra los efectos del cambio climático, el terrorismo internacional –el debate más amplio sobre seguridad global–, la puesta al día de las instituciones y la gobernanza internacionales.
Ante desafíos globales, hacen falta respuestas globales, por encima del ámbito nacional e incluso el ámbito de la relación birregional.
Que la UE y ALC sean capaces de articular respuestas coordinadas para dar soluciones conjuntas es una forma de apostar por vitalizar esa visión del Nuevo Occidente del mundo, toda vez que América y Europa somos las regiones atlánticas del mundo que compartimos de una manera más completa la visión sobre la nueva gobernanza de la globalización, la apuesta por la puesta en valor de los derechos humanos o por la fórmula democrática, todos ellos asuntos estratégicos de vital importancia.
En la hoja de ruta sobre la que vamos a ir dibujando nuestro semestre de Presidencia de la Unión Europea, la Cumbre UE–ALC, que acogeremos en Madrid el 17 de mayo bajo el título “Hacia una nueva etapa en la asociación birregional: Innovación y Tecnología para el desarrollo sostenible y la inclusión social” y que reunirá a 60 jefes y jefas de Estado y de Gobierno, será el evento central de la agenda semestral.
Su declaración final y su plan de acción marcarán, estoy seguro de ello, el inicio de una nueva relación entre la UE y ALC al nivel de socios globales estratégicos, y ese cambio será especialmente importante en un contexto global como el actual.
En el marco de la Cumbre, vamos a abordar las relaciones de la UE con la región latinoamericana, y lo vamos a hacer desde varias perspectivas: la de la relación estratégica, como socios globales, la de las relaciones bilaterales de la UE con algunos países de la región: Chile, México, Brasil y Cuba; la de las relaciones de la UE con la distintas subregiones latinoamericanas; la del papel que queremos que los agentes sociales y la sociedad civil jueguen en las relaciones entre la UE y ALC, estructurando y absorbiendo las aportaciones que manan de ellas de manera natural.
Con respecto al segundo bloque, la Presidencia Española, junto con la Sra. Ashton en su nuevo papel de alta representante de la política exterior europea, estamos haciendo un esfuerzo importante para concluir los procesos de negociación, o avanzar en ellos al máximo, de manera que se puedan firmar los acuerdos comerciales con Centroamérica, la Comunidad Andina y Mercosur.
Es obvio que la ausencia actual de un marco de acuerdos UE–ALC no resulta satisfactoria. No responde a la ambición recíproca de acercamiento, por eso confiamos en que culminen las negociaciones para conseguir la asociación con Centroamérica, con una triple perspectiva de diálogo político, liberalización comercial y cooperación reforzada.
La ausencia de autoridades legítimas en Honduras tras el 28 de junio impidió avanzar al ritmo que hubiéramos deseado, pero tenemos ahora un escenario nuevo en Honduras que nos permite abordar la negociación en otros términos.
Por otro lado, el acuerdo conseguido en la OMC sobre el comercio del banano, que permite una entrada más justa y competitiva del banano latinoamericano en el mercado europeo, y el deseo de Panamá de unirse al acuerdo, bajo una fórmula SIECA+1 que se está estudiando, son logros que nos permiten mirar con gran optimismo al proceso.
No obstante, subsiste aún un número significativo de cuestiones comerciales que todavía están abiertas y que harán necesario un considerable esfuerzo de negociación, en las rondas previstas para febrero y abril. En todo caso, nuestra previsión es que el acuerdo esté concluido a tiempo para la Cumbre de Madrid.
Es bien sabido que la UE contempla positivamente la incorporación de Panamá al proceso. La propuesta panameña de sumarse ha sido bien acogida por los socios y la Comisión Europea por cuanto su presencia sumará una nueva dimensión y dará mayor profundidad al acuerdo. Este escenario nos hace ser, sin duda alguna, optimistas con respecto a las posibilidades de que el acuerdo comercial entre Centroamérica y la UE sea una realidad antes de junio de 2010.
Con respecto al resto de procesos de negociación, con los países de la Comunidad Andina y con el Mercosur, también estamos trabajando de manera intensa para avanzar en lo posible hacia su concusión.
Cuando todos estos acuerdos entre la UE y los bloques regionales latinoamericanos vean la luz, cosecharemos el fruto de más de una década de negociación –en algunos casos– que ha generado expectativas y también algunas frustraciones en el largo camino que llevamos recorrido. Es nuestra responsabilidad dar respuesta a las nuevas necesidades y las expectativas que han generado. Vamos a invertir toda nuestra energía en esta tarea.