Sexo, dinero y dogma constituyen un coctel muy peligroso para cualquier figura pública, ya sea un político, un futbolista o un eclesiástico. Pero son la combinación a la que se enfrenta Benedicto XVI en el primer viaje de un papa a Inglaterra y Escocia desde Juan Pablo II en 1982: el escándalo de los abusos a menores, el coste de la visita y la intolerancia ante el aborto, los condones y la mujer sacerdote.
La Gran Bretaña que recibe al Pontífice es un país oficialmente cristiano con seis millones de católicos, menos de un 10% de la población, de los cuales solo una quinta parte va a misa y la mayoría es mucho más liberal que la doctrina de la Iglesia. Un país donde dos de cada tres personas se definen como “no religiosas” en un ejemplo de lo que Benedicto XVI y sus cardenales califican de “relativismo moral” y consideran una de las grandes lacras de las sociedades occidentales contemporáneas.
Pero así como el papa polaco pisó estas tierras hace casi 30 años y sedujo con su carismática presencia de estrella de cine, oratoria “churchiliana” y la autoridad moral de haber padecido el nazismo y luchado contra el comunismo, su sucesor tiene una tarea infinitamente más difícil. En parte por su personalidad, en parte por el descenso del fervor religioso y la victoria de la razón sobre la fe, en parte por los prejuicios que en el Reino Unido siguen existiendo respecto a los alemanes, en parte por el fundamentalismo doctrinal, pero sobre todo por el devastador impacto de los escándalos de abusos sexuales a menores en Irlanda, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos...
Y encima el coste de la visita, 32 millones de dólares, sin contar la seguridad, de los cuales el Tesoro británico se ha hecho cargo de algo más de la mitad en plenos recortes presupuestarios y cuando la palabra austeridad está a la orden del día. Un 77% de los británicos, según una encuesta, considera que el Estado no tendría que poner ni un centavo.
Un abanico de organizaciones de gais, lesbianas, humanitarias, defensores de los derechos civiles, víctimas de los abusos venidos incluso de Australia y el reverendo Ian Paisley, líder de la Iglesia presbiteriana y ex primer ministro del Ulster, se han unido para protestar y expresar su desagrado por la visita papal a lo largo de su recorrido por Edimburgo, Glasgow, Londres y Birmingham.
Difícilmente podrán acercarse a Benedicto XVI, pero la contrapartida es que las medidas de seguridad hacen complicadísimo el acceso a los actos.
En el Bellahouston Park de Glasgow tan solo se espera la asistencia de unas 80 mil personas a la misa matinal, la cuarta parte de las que asistieron al mismo sitio hace 28 años. La policía solo ha autorizado el transporte público, los asistentes tendrán que estar in situ desde por lo menos cinco horas antes, y las entradas (que cuestan el equivalente de 39 dólares, lo que un partido de fútbol en Escocia) tan solo se pueden conseguir a través de las parroquias y registrándose con nombre y apellidos. En Londres, se ha movilizado a los niños de los colegios católicos para llenar el Hyde Park.
En 1982 Juan Pablo II se encontró con una Iglesia católica británica con la moral muy alta, gracias a una movilidad social que había permitido el ascenso de miembros de esa religión (anteriormente circunscrita a las clases trabajadoras y los inmigrantes irlandeses) a posiciones públicas de poder e influencia.