Una de las aportaciones más sagaces y más inquietantes que nos brindó Darwin fue la de hacernos comprender que la vida carece de propósito y hasta de sentido, que no hay nada semejante a un diseño –ni divino ni natural ni de ningún tipo– con el fin de llegar a un propósito determinado.
Cuesta trabajo aceptar algo así y, de hecho, la rémora de lo intuitivo lleva a menudo a sostener posturas equivocadas acerca de la evolución como, por ejemplo, que existe en un determinado ejemplar ancestral humano una “bipedia parcial”.
Sólo con la óptica sesgada de la manera como andamos nosotros podemos calificar de “incompleta” la de los australopitecinos. Nuestros antepasados, como cualquier otra especie que haya existido, tenían su forma particular de adaptación que es, a todos los efectos, completa para cada especie en cuestión hasta que, con el paso de mucho tiempo, aparece la evolución por selección natural y esa especie ancestral se convierte en otra.
Los productos de la evolución carecen, ya digo, de sentido. Pensaba en ello al leer el trabajo publicado en la revista Evolution por Christopher Wilson y Paul Sherman, del departamento de Neurobiology and Behavior de la Cornell University, Estado de Nueva York. Wilson y Sherman han estudiado la manera cómo los rotíferos bdeloides –unos invertebrados diminutos de agua dulce– logran sobrevivir a los hongos parásitos que padecen.
El problema adaptativo consiste en que esos rotíferos abandonaron la reproducción sexual hace millones de años para convertirse en animales asexuados. Los linajes de metazoos –animales con diferentes células en sus cuerpos que, agrupadas, forman órganos capaces, entre otras cosas, de facilitar la locomoción– suelen durar poco tiempo si carecen de reproducción sexual.
El porqué tiene que ver con la gran capacidad de recombinación genética que proporciona un mecanismo sexual de reproducción, dando paso a una variabilidad muy amplia y, por ende, a la posibilidad de contar con distintas alternativas para combatir contra los cambios ambientales o, ya que estamos, contra los parásitos. Pero los rotíferos como el Habrotrocha elusa, asexuados, son capaces de sobreponerse a la infección de hongos letales de los que se contagian al comer esporas.
¿Cómo lo hacen? Mediante la anhidrobiosis, una desecación total de sus cuerpos. Los hongos resisten mal la pérdida de agua, y mueren. Los rotíferos, una vez desecados, quedan a merced del viento. Cuando éste los aleja de las hifas resecas de los hongos, escapan del peligro de la reinfección y, en el primer charco en el que caen, los rotíferos vuelven a la actividad vital.
Son muy pocos los seres que pueden perder toda el agua de sus células sin morir. Bien extraña es, pues, una vida de desecaciones y resurrecciones continuas. ¿Qué sentido tiene? El sentido no existe en la naturaleza. Lo añade nuestra mente y, para encontrarlo, inventamos dioses y monstruos.